lunes. 28.11.2022

Aquí nada termina. Se empieza otra vez, para ir a más

Por fuera no da la sensación, pero interiormente es otra cosa, y el pesimismo se hace fuerte. Admito que no es un momento como para lanzar cohetes. Siendo este el panorama, siempre que hemos querido cambiar malas situaciones, para mejorarlas, lo hemos conseguido. Consiento también en que hoy se juntan demasiados intereses (casi siempre personales), para que vivamos mayormente preocupados. Aunque, perdonen que les insista: cuando de verdad nos lo proponemos, alcanzamos cambios favorables, y para todos.

El cambio, cambiar, mejorar, superarse, ha estado siempre en la mente humana, como promesa, propósito, pensamiento y recogido también en la mayoría de libros de autoayuda, tan demandados cuando la cuestión profesional, personal o económica no va bien. Igualmente, nos hemos adjudicado épocas anuales, caso de la Navidad, para enternecernos y dar por sentado que afrontaremos el siguiente año de manera diferente a lo que ha sido nuestra forma de vida anterior. No hace falta detallar lo que pasa realmente después, aunque no se trata tanto de hacer mofa con una manera de ser y comportarnos, como de recalcar la necesidad moral de reencauzar un mundo que es cada vez más desigual, injusto e incumplidor de toda promesa a futuro. Ejemplo son todas esas agendas que hablan de objetivos del milenio, de desarrollo sostenible, en especial cuando señalan con el dedo a países pobres de solemnidad, que llevan en esta situación de no poder arrancar de verdad casi toda su vida. Tampoco ocultemos de este debate las dictaduras y sistemas corruptos que hay en muchos de esos países sin esperanza.

Es un hecho que nos creemos o damos por buenos casi todos los mensajes que nos trasladan, sea de la cuestión que sea, política, económica, social, educativa, cultural o sanitaria, como pasa con el Covid, pese a que esta última sea una crisis asemejada a una montaña rusa, que sube y baja, y tampoco se sabe a ciencia cierta cuando frenará del todo. En el panorama cercano y lejano, abunda el miedo y escasea la conciencia crítica.  

“La credulidad de los hombres sobrepasa lo imaginable. Su deseo de no ver la realidad, sus ansias de un espectáculo alegre, aun cuando provenga la más absoluta de las ficciones, y su voluntad de ceguera no tienen límites. Son preferibles las fábulas, las ficciones, los mitos, los cuentos para niños, a afrontar el desvelamiento de la crueldad de lo real que obliga a soportar la evidencia de la tragedia del mundo…”

“Es un hecho que damos por buenos casi todos los mensajes que nos trasladan, sea cuestión política, económica o sanitaria, como con el Covid”

Este razonamiento es del filósofo francés Michel Onfray, nacido en Argentan, el 1 de enero de 1959. Tengo aún sin terminar (hay que ser muy listo para entenderlo y yo no lo soy) su libro Decadencia (vida y muerte de occidente), en el que vaticina la extinción de nuestra civilización. Por supuesto que no lo creo, pero sé también que ni aprendemos ni aprenderemos jamás. Nuestra tozudez va pasando de una generación a otra, con los mismos problemas de siempre: unos viven bien, otros mal; hay países ricos y pobres; ¡a ver quién tiene el ejército con más armas; una religión quiere imponerse a otra; y lo mismo sucede con culturas y tradiciones.  

Empecé a leer el libro de Onfray en plena cuarentena, porque, en efecto, veo mucha decadencia o desgaste de cuestiones elementales de convivencia y relaciones internacionales con las que nos ha ido realmente bien, sobre todo tras la Segunda Guerra Mundial. Verdaderamente, más que el Covid, al que tarde o temprano venceremos, lo más preocupante es la confrontación y desunión que hay en todos los terrenos. Se podría incidir más en lo político, pero es que está lo educativo, lo cultural, y son pilares fundamentales para la buena marcha de esta civilización, lo que representa y ha logrado. 

“Abundan agoreros y apocalípticos. Hay ocasiones en que contribuimos a darles razones para propagar sus ideas. Sucede con el Coronavirus”

Entre tanto desconcierto, abundan agoreros y apocalípticos. Hay ocasiones en que contribuimos a darles razones para propagar sus nefastas ideas. Sucede con el Coronavirus. Los negacionistas preocupan porque quienes tienen libertad de no vacunarse están poniendo en riesgo la inmunización, y esta situación tan delicada nos tendría que hacer pensar al conjunto sobre qué es lo que estamos haciendo tan mal, para que la disensión llegue incluso a extremos sanitarios. Onfray en su libro Decadencia lo mezcla todo, como estoy haciendo yo en este artículo, y es que nuestro sistema de vida, el que nos hemos dado, apareja que todo vaya encadenado. Si falla algo esencial de la democracia, lo demás acaba patas arriba. Así sucede con este no creer en nada, que no conduce a ninguna parte, y nos sitúa en el desbarajuste actual que tenemos hacia muchos planteamientos. Cambiar esta muy bien, pero cuando se combina con destruir mucho de lo bueno construido, cuando solo sirve para extender dudas, incertidumbre e incluso miedo, entonces los cambios no son útiles ni necesarios. Hoy estamos rodeados e invadidos en demasía de esto que digo. Una cosa es decir claras las cosas, que la situación económica y social está mal. Y otra bien distinta, pero más necesaria si cabe, es perseverar en la creencia firme de que nada se ha acabado, tras los muchos dislates que acometemos, incluida la propagación mundial de un virus mortal, y que siempre podemos empezar de nuevo, con más fuerza y mejores iniciativas, que favorezcan al conjunto de los habitantes del mundo. 
 

Aquí nada termina. Se empieza otra vez, para ir a más
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