miércoles 23/6/21

“Annus horribilis” como destino de las monarquías

Nadie podía predecir semejante y triste final para el rey emérito, Juan Carlos I. Nadie tampoco le podrá negar sus servicios a España en una época, la de la Transición, que nuestros jóvenes no identifican, al igual que la Monarquía, al pensar que forman parte del pasado. Por el Covid y la crisis tan tremenda que acarrea, a futuro, lo cierto es que nadie puede augurar ya nada de nada.  

Por diferentes motivos, como el coronavirus y la familia real española, es la segunda vez en una semana que saco a relucir la expresión “annus horribilis”, que no necesita demasiada traducción, aunque la fidelidad al latín tan olvidado requiere dejar claro que, en realidad, significa año terrible. Fue la reina Isabel II de Inglaterra, quien popularizó la frase, en un 24 de noviembre de 1992. Era martes y conmemoraba el 40 aniversario de su coronación. Al dar el pertinente discurso, introdujo esto de “annus horribilis”, debido a todo lo malo, demasiado, que había ocurrido a los reales miembros de su familia. “No es un año que vaya a recordar placenteramente”, zanjó la reina. Lo mismo le sucederá al rey Felipe VI con respecto a este 2020. A las consecuencias políticas, sociales y económicas del coronavirus, sumará la trascendencia de la marcha de España de su padre, Juan Carlos I, envuelto en un vendaval de noticias escandalosas sobre su fortuna en el extranjero y la aparición de cuentas en paraísos fiscales.

1992 puso en jaque a la Corona británica y 2020 a la española. Así aparecerá ya en los libros de historia, tan esencial, la historia digo y como se escriba, para las dinastías reales. Pero es que el futuro, y más tratándose de monarquías, no está claro, incluyendo acontecimientos que a la postre pueden resultar, de cara a su supervivencia, absolutamente decisivos. Aporta valor el papel social, fundamental, que representen las casas reales. También importa, y mucho, el comportamiento ejemplar de sus miembros, de cara a infundir los valores que se enseñan en las escuelas. Y no menos relevante es, de ahí las consecuencias drásticas de los actos del rey emérito y su abrupto final, mantenerse alejados de escándalos financieros, turbios negocios, sin dejar de citar, por supuesto, las relaciones personales

“El futuro de las monarquías no está claro. Aporta valor el papel social que representen, comportamiento, y mantenerse alejados de escándalos”

Todas estas cuestiones y alguna otra que puedo dejarme en el tintero resultan engranajes fundamentales para la buena relación de reyes y reinas con el pueblo que lideran. En los últimos años, fuera por el Reino Unido, España, Suecia o Dinamarca, las casas reales han confiado su destino al hecho de modernizarse. Algo de tanta enjundia no se puede citar y no escribir más al respecto. Acepto que hay que explicarlo con mucho más detenimiento, si partimos del hecho de encontrarnos en el siglo XXI, y tener que asumir que, aún, existan reinados.

A mi manera de entender, este es el problema real. Que las sociedades avancen de manera vertiginosa implica que no resulta fácil amoldar una institución monárquica a las ideas de las nuevas generaciones, que poco o nada pueden tener que ver con las de sus abuelos y padres, lo mismo que pasa en gustos, preferencias y no digamos tecnologías. Aquí entra también la comprensión y aceptación de los jóvenes hacia lo que es un sistema político, monárquico y parlamentario a la vez. Llegamos así a la conclusión de que lo mejor que tiene a su favor un reinado es la reputación de sus miembros, hechos y logros, tendentes a esa modernidad y prosperidad que se esgrime como cercanía constante con los ciudadanos y, especialmente, con todas las instituciones que les representan. En ocasiones, como acaba de ocurrir en España, esa confianza se resquebraja.

“Las sociedades avanzan de manera vertiginosa y no resulta fácil amoldar una institución monárquica a las ideas de las nuevas generaciones”

Hablar de la trascendencia que ha tenido para España, especialmente en el paso de la Dictadura a la Transición, la figura del rey Juan Carlos, es solo incidir en la verdad. La España de hoy, en cambio, poco tiene que ver con aquella de los 60, 70, 80 y 90. Incluso ahora asistimos al desinterés de nuestros jóvenes con respecto a lo que hicieron, a la Guerra Civil que vivieron, muchas de las personas mayores que la pandemia del Covid se está llevando. No nos equivoquemos, la Monarquía tiene aún aceptación en España, pero los “annus horribilis” que se van sucediendo y acumulando ponen cada vez más en riesgo el mantenimiento de esta complicidad, especialmente entre las generaciones más jóvenes. Antes de la marcha definitiva al extranjero del rey emérito, ya había mucho ruido sobre el futuro de nuestro sistema constitucional, tal y como se diseñó al amparo de la Constitución de 1978. El Covid-19 y todo el drama presente y futuro que conlleva van a necesitar de la unidad y participación de todos dentro de España. No es una frase ocurrente. Tampoco un deseo. Es la realidad que nos toca vivir, donde unos van a salir mejor parados que otros, y bajo ningún concepto podemos dejar tirado a nadie. El nuevo periodo de crisis en el que nos sumergimos tendrá un final, como ocurrió con la larga depresión económica del 2008. Entonces y solo entonces, con el resumen de todo lo que se haya hecho, de quién lo haya propiciado, para paliar el desastre de tantas familias, de tantas empresas y negocios autónomos, veremos lo que piensan y demanden las nuevas generaciones que ahora se ven, de repente, desheredadas de un trabajo y un porvenir. Aquí entrará también la Monarquía y el buen o mal hacer de sus miembros. 2020, por todo lo malo que nos toca padecer, incluido tan terrible final para Juan Carlos I, será por siempre un año para no recordar placenteramente, como ya dijo Isabel II de Inglaterra con su trágico 1992. De las consecuencias de que salgamos mejor o peor del laberinto en que nos encontramos dependerá todo el mañana. La incógnita está servida. 

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