lunes. 26.09.2022

Vivir entre brotes (III)

Nunca se negó a luchar. Desde entonces nunca cedió de su propio criterio, la vida es ineludible, porque el peor mal es el desinterés y la indolencia.

Veo amanecer, lluvia de cristal

 

«Mi vida puede dar vértigo. Ha sido

apasionante, trágica en ocasiones,

pero me sigo apuntando a vivir.»

Miyo

 

«He tenido cinco cartas:

de mamá, me dice que sigue algo mal; de Pili;

de Mª Elena; de Gerardo; y de L.

Estoy muy contenta pues el médico

me dijo que confiaba en mí y que todo

lo que me pasa es a causa del accidente.

Me ha tranquilizado mucho.

Luego, las cartas fueron una inyección de optimismo,

sobre todo la de L. y Ñete.

Me llegó al alma. Bueno,

más todavía, la he leído cinco veces.

Luego la leeré otra vez (…).

Madre mía, qué ganas tengo de verlo.»

 

Miyo comienza a enamorarse cada vez más en el hospital a pesar de su situación casi interrumpida, y las cartas son el único vínculo con su madre. Apegada y dispuesta ante la figura y las palabras del médico, el único ser viviente que la puede consolar, Miyo se carga de optimismo, se impresiona y respira, cogida por una ansiedad sin control que no puede definir ni explicar, pero que, a todas luces, se llama tanteo, prueba de seguridad, provocación.

Miyo, que como solía decir, «le perseguía la muerte», siempre entendió que únicamente en la guarda celosa de su espacio, de sus tiempos, y solo en esa vigilancia íntima hay sucesión, se ocupan espacios, se domina. Guarda, término. Condensaba el rompecabezas de su identidad, de lo que era, la fuerza de sus genes, su educación natural y su entrada en la vida adulta. Porque un niño seguro será un adulto seguro. Y esa seguridad desde niña, aquellos años felices y regalados que sus tíos y abuela la prodigaron, la ayudó a soportar los días duros después del accidente, en el que salva su vida y la de Leonardo, como unos supervivientes.

Nunca se negó a luchar. Desde entonces nunca cedió de su propio criterio, la vida es ineludible, porque el peor mal es el desinterés y la indolencia. A pesar del dolor y de las graves secuelas, siempre enseñó su cara mejor, el perfil adecuado. No hay nada más vibrante que la prudencia, el sosiego y el callarse, sobre todo cuando tan difícil puede llegar a ser intentar describir a una persona como Miyo, consecuente con su vida y con lo que ha alcanzado. Porque la vida no deja de ser ilusión y sueños -dice-, no objetivo con un sentido particular. La vida perdura y esa es la única manera de vivir.

Miyo apetecía el bosque adolescente, salvaje. Los abejarucos predadores de abejas se habían ido fraguando en su mente. Proseguía en su talento pintor, siempre que la serena y templada tarde pareciese acompañada del silencio y soledad del mirlo ventrílocuo. Como la golondrina, reprimía ese gozo y callaba. Solo sonreía… Del viento caliente del estío adquirió sus fragancias de robinia, humo y leño y se obligó a atender la primera a cualquier importuno. Porque esa era su fuerza.

Todo sucedía a raudales de una forma duradera. Esa chica a la que decía cuanto tenía callado ya se había despojado, hacia aquella parada del camino, de su inmortal temprano amanecer. Forzosamente, le hubiese analizado con acierto, con su respeto sublime: «Aleja tus esquirlas quizá brillantes, chiquillo, esas ramas que deciden brotar por encima de ti. Serán parásitos… Aleja el canto del cisne. No es momento, ni tiene por qué serlo nunca».

Les concertaron una entrevista para un trabajo conjunto con sus grupos respectivos. Iba a ser en una fiesta juvenil. Llegó primero Leonardo. Más tarde, ella. Estaba distraído. Alguien me tocó el hombro para avisarme de que ya había llegado. Entre el tropel de cabezas moviéndose en el baile, adiviné la puerta del salón entreabierta y, aún sin cerrar, la figura de una chica vestida de negro y con melena larga y negra que entraba, y la cerraba tras ella. En ese momento supo L. que sus ríos irían a confluir.

Su accidente, a sus diecisiete años, no supuso más que eso, un accidente, muy grave. Gozaron desde entonces de una lealtad no inmune a la ternura, a la exigencia y al orgullo ante la vida. A Leandro le suele hurgar en su magín la sombra sonora que, como un percutor, nunca se aleja y siempre le inquiere sobre la necesidad de haber tenido que escoger aquella lastra blanca como la muerte, brevísimo asiento de ambos, que les llamó la atención. «¿Y tu larga generosidad de perecederas luces?»

Sí, es verdad que cuando se superan numerosos obstáculos dejas de ser la misma persona. Él era un ingenuo. Si tensamos la cuerda por imperativo categórico y sin originar una destreza indeseable, podemos triunfar, después de vencer todas las dificultades, de eso que puede decirse el destino de los enamorados. ¡Pero que despunte esa conquista después de la ruina, que no desfallezca también por eso, que no sostenga la abulia y la apatía!

«Únicamente cogemos la uva, crecido el verano…» ¡Qué instante el cenit donde se acarician dos afluentes! Cosecha del amor, precisión en guiar a la bañadera de nuestro corazón y cerebro acoplados, gusto más bermejo que los otros permisos, cantares, algarabía beoda, inmediatamente mudez, privacidad, emperezamiento-desperezamiento de este cultivo naciente en dos cuerpos que siempre resurgen...

Nos distraíamos sin medida. «¿Es posible llenar algo sin que mengüe?» No puede entenderse la unión de dos concejalías, la responsabilidad de un equipo de medio centenar de operarios con discapacidad, cuatro hijos y 51 años a cuestas, en el período de un año. Esta ocasión es rala, calva por detrás como la bella diosa romana, de ahí la sabiduría de esperarla de frente. El absurdo de calmar a su enamorado no agota el río de su mujer. Al revés.

¡Rebrotes de seres libres, aptos para las lides, y de sobra rendidos!, no se franquea la torrentera sin mojarse. También a ella le dolían sus finales hace 51 años, no menos que a los que te querían. Los temperamentos, caracteres, vitalidad:

«Ya ves cuándo se me ocurre escribir (…) Yo, sola en una cafetería, me pierdo. Ojalá que vengas pronto, L. A lo mejor tengo líos, pero no me importa. ¿Es que no voy a tener derecho a ver a las personas que quiero? (…) Yo, ante todas estas cosas, me refugio en ti, cielo mío. ¿Me dejas?»

Si para entender el agostamiento bastara con despedirse tal cual, sería asumible. Pero que el ocaso sea como el cóndor que domina la cordillera y desciende, tras haber volado siempre oculto a seis kilómetros de altura. Y cuando nos aborde que no se sienta, porque: «Estoy en crisis, todo lo pongo en crisis, me es necesario -dijo. No soy yo y necesito serlo. Quiero reconstruir mi vida otra vez, sobre algo más limpio, más grande. No me importa a costa de qué».

Lo apuntaba al año del accidente, y su letra quiere correr, salir no sé a dónde, cabalgando desbocada hacia el final de renglón. Su alma se arrobaba, sin lugar fijo, entre el corazón de L. y las heridas que nunca cerrarían. ¡Qué agradable era en aquel momento crepuscular con los suyos! Feliz una tarde más, por un triunfo más sobre la angustia, fértil en una misión más, por un juego de ideas bajo el turbión repentino… Querías reunir todo otra vez, forjabas instintos, volvías a imitar la voz de los escribanos y gorriones…, haciéndolo todo sobresaliente

Miyo hacina, calcula todo. Cuando respira -«¡No te fastidia!, cuántos golpes, porque es imposible que me entienda nadie, ni mi L., porque estoy sola, nadie quiere escuchar desgracias, la gente huye de las personas infelices»-, mide el grado de lo eficaz, el aprecio de lo que se da y recibe. Los clasifica despacio, razonadamente. Y decide sonreír como el payaso, para quien cada día es una función nueva. «Sonriamos pues, a la vida y cada destello que nos regala. Hay que seguir viviendo, con orgullo y, si hace falta, con soberbia, pues la conmiseración de los demás solo sirve para matar el alma».

Cada ocasión y señal hacen que, según prolifere su número, ella busque con pasión desatada la belleza, allí donde esté, la busca, la encuentra y se desatan todos sus sentidos. La belleza, los amigos de siempre y su familia, serán el antidepresivo natural. Recular, y reiterar, y retirarse otra vez, destinar en cada hueco un elemento extraordinario, descubrir algún óbolo flotando en un sueño. Así debe ser, hasta el final, hasta siempre. Con ese talento repentino, se humaniza… Porque constante e invariablemente,

 

«En estos momentos, solo se oye el

ruido del reloj y la respiración de las

personas. Me gusta oírlos. Me siento

mejor».

 

Vivir entre brotes (III)
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