viernes 21/1/22

Virginia Woolf: "no hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente"

(...) Y así, nada de igualdad,

muerte al violador,

premio a la infidelidad.

Desearía tomar eso

que ellos llaman nuestra

libertad.

Si yo fuera mujer,

si yo fuera mujer,

yo me tendría que querer (...)

("Si yo fuera mujer", Patxi Andión, 1986)

Creemos saber lo que dice esta canción de Andrea Mingardi (Bologna, 1940) -Se fossi una donna, 1961-, adaptada por Patxi Andión (Madrid, 1947). Como en todo, puede que sea difícil ponernos de acuerdo; o fácil cuando podamos estimar la bondad o la intención del que opina. Incluso habrá quien piense que el hombre debe abstenerse de meterse en camisa de once varas. En cambio, no hay quien piense tampoco que no hay por qué ver problemas, cuando la decisión es propia, libérrima y tiene buena intención, al menos la de la libertad de expresión.  

    La melodía de esta canción sobre la mujer no estuvo mal en este cantautor. Con ella recupera el saxo, la batería y la guitarra eléctrica, dando un giro, inédito en él, de rock. Sin embargo, la letra dice algo personal y atrevido. Atrevido porque, quizás por pretender hablar de un feminismo desde la consideración de hombre está abocado a un discurso al revés. Cuando, además, casi todo en esa letra, está apocopado en el sexo. Era el ocaso de los ochenta.

    Otro argumento que ahí está y que hace al hombre acunarse en un estado ficticio y equivocado cuando intenta proteger a la mujer es el de pensar por ella, acariciando la idea de contrarrestar tamañas situaciones de constante e intransigente machismo que abunda. Una mal llamada protección porque este recalcitrante panorama con el que día a día aún nos topamos lleva muchas veces oculta una represión, que llega hasta el asesinato de la pareja; esto sí debe tener tela que cortar, ya que es inconcebible que en nuestro siglo XXI se tenga que seguir hablando de la lacra de un número cada vez mayor de criminales; por ello, no está mal pensar que entre todos no deben de llegar a sumar lo que puede ser un cerebro normal, pero otra cosa es que estamos tratando de una involución histórica y biológica desde la aparición del ser humano hace casi doscientos mil años. Es de todo punto incomprensible

    "Desearía tomar eso que ellos llaman nuestra libertad. (...) yo me tendría que querer", dice la canción. Claro que es necesario, y con esa firmeza y esa lucha consecuente las administraciones se dispondrán a lanzarse y promover la igualdad con audacia, poder y disposición. Porque en palabras de nuestra respetada Virginia Woolf, "no hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente". Ciertamente, no es posible que nada influya en nuestra conciencia, en nuestro razonamiento, cohibiéndola y reduciéndola, porque comienza de un alma y de un pensamiento soberanos. Somos nosotros mismos quienes nos originamos dominios y tiranías con la ayuda de doctrinas no bien adquiridas o transmitidas y emplazando y condenando a nuestro cerebro y a nuestros proyectos hacia destinos que otros han delineado, desde antes de nuestra mayoría de edad, transmutándonos en acérrimos y chovinistas de nosotros mismos. Nuestra confianza y arbitraje son nuestros; no son nunca generales, son propios e inalienables, no se pueden enajenar.

    Siempre habrá un 8 de marzo para destinarlo a conmemorar que la mujer aún sigue segregada con relación al hombre. Nos quedan los actos, las celebraciones cada año en tributo a las mujeres. Aún tenemos esa moral de respeto. Consideramos un cúmulo de situaciones que a la mayoría nos hacen sonrojar, cuando todas las diferencias entre ambos géneros -sociales, salariales, profesionales- son culturales, impuestas y establecidas por la cultura dominante a través de un tiempo inmemorial; así, Friedrich Händel, en "Déjame que llore", de 'Rinaldo', consigue plasmar la clave de este mal y de este sufrimiento: “Déjame que llore mi cruel destino (…) y que el dolor desgarre la agonía de mis martirios”. Personalmente, esto tiene de esencial la síntesis de su camino y del de los hombres. Así ha sido al menos desde finales del s. XVIII de una forma institucionalizada, datando su lucha desde comienzos del XX.

    Desde un tiempo tan antiguo y arcaico que, paradójicamente, hasta la teoría darwiniana empoderó a la mujer, pero en un badén del proceso evolutivo. Quien no tenga su propio andamiaje y siga dogmas y sistemas lejanos a la ciencia le será difícil entender, de una manera probada, que el giro darwiniano convirtió muchas formas de pensar y arrolló muchas aprensiones en la historia de la Humanidad y en las Ciencias de la Naturaleza. Sin embargo, no transformó apenas en muy poco la percepción y la perspectiva conservadas secularmente sobre las desventajas inherentes de la mujer en relación al hombre. Es más, las empeoró.

    Seguía fuertemente discriminada: la mujer era inferior al hombre, según Darwin, al ser sus atribuciones propias más abundantes -el presentimiento, la simulación y la pronta observación- típicas e inconfundibles de grupos menores, por lo que competían en una condición de conocimiento retrasada e inferior. Evidentemente, recalcaba, en contraposición, que había aumentado el hombre destrezas cerebrales más sobresalientes, como el pensamiento, el estudio, la imaginación o el conocimiento.

    Dejémoslo como anécdota, pero sí nos debe servir para observar que, después de siglo y medio, estas tesis han quedado bien fijadas. Y los hechos que han grabado las desigualdades de género están ahí. Siempre hablando de una manera general, cuando las relaciones entre el hombre y la mujer no son de tú a tú es por el cometido atávico y oriundo del hombre de alimentar, sostener y proteger al que se vino llamando más tarde sexo débil y a las criaturas, afanándose por la conservación de la especie en labores arriesgadas que reclamaban una mente para la que aún no estaba evolucionado. Algo parecido a lo que pasa ahora. Así, este deber de atención y suministro no dejó de ser el catalizador que arrastró a que el hombre de las cavernas se agigantase con su colosal energía, poder y fiereza. En fin, esto no justifica por ninguna vía que, aun cada vez menos, aún seguimos en una implícita y sobrentendida aprobación en general de ese estudio de Darwin en cuanto a la mujer, pues si astronómicamente ha existido una revolución que ha afamado a Copérnico, socialmente no ha existido aún esa revolución copernicana, porque el punto de vista masculino permanece e insiste machaconamente, continuando aún.

    Confiamos que, de una vez por todas, más bien temprano, esta sea la última jornada que retengamos para destinar a la memoria de la mujer que, colectivamente, sigue excluida, marginada, separada y... diferenciada en múltiples situaciones con respecto al hombre. O no, sencillamente seguir con esta fecha, aunque hubiéremos llegado a la equiparación social, salarial y profesional de los hombres y mujeres, para que nunca se nos olvide de dónde venimos y hacer una fiesta de cada logro conseguido en ese sentido.

    Esa posición de poder del hombre en relación con la mujer no deja de ser una estructura y un modo de exclusión de los seres humanos en razón de género, singularizado en el aprovechamiento del primero. Está en todo rincón, en cada Consejo de Administración, en cada escaño político... Los hombres nos sentimos culpables, sobre todo por mirar para otro lado en esta incoherente cuestión. Parece que se habla por lo bajo y en muy pequeños grupos, más bien de dos personas, del tema; imagino que sea lo mismo en Albacete y Murcia o en la isla de Manhattan y Brooklin de Ontario, aunque mucho menos -superado cualquier estereotipo- que en China y en Japón o Tanganika y Sudán. Nos hace falta llegar, ni con mucho, a relatar nuestras posiciones individuales, a considerar y juzgar nuestro machismo y micromachismos y nuestro arte para emprender cualquier tipo de evolución. Y porque entendemos que para oponernos a esta lacra el hombre ha de progresar, descubrir nuestras formas de proceder hasta rasgar las connivencias que en un gran porcentaje, nunca esporádicamente pasan a menudo.

    Hemos intentado huir en este artículo de un posible candor o ñoñería, o de ser una base notoria de la manera con que ha sido distinguida, diferenciada y juzgada la mujer a través del tiempo. Si lo hemos conseguido, nos damos por satisfechos. Buena intención ha habido. Si no lo hemos logrado, la educación recibida es la máxima culpable y, de ello, no nos alegramos.         

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