jueves 20/1/22

Tycho Brahe, el lama de la doctrina astronómica

Tycho, por poco, no conoció el telescopio. Su teoría giratoria de los planetas alrededor del Sol no comprendía a la Tierra que, además, era estática y circundada por el Sol.

In memoriam de don Joaquín González Echegaray, nuestro profesor, entre otras materias, de Historia y filosofía de la ciencia, a principios de los setenta, del que aprendimos lo que pudimos, pero con un interés que intentaba ser coherente con el suyo, que no era pequeño. Nuestro eterno agradecimiento por sus clases, su personalidad y su sabiduría. Ticho Brahe fue uno de los muchos cientificos y teóricos que pasaron a nuestro conocimiento de manos de este arqueólogo y divulgador de la ciencia.

 

El 14 de diciembre de 1546 nacía en Dinamarca, el astrónomo Tycho Brahe (Escania, Suecia, 1546 - Praga, 1601). El legado del danés ha tenido un gran interés para el avance de la astronomía en el presente, considerado el fundador o, al menos, el precursor de lo que hoy es esta ciencia. Vivió cincuenta y cinco años.

En cierta manera contemporáneo de Nostradamus, éste ha cobrado fama hasta nuestros días, pareciendo que Brahe es más bien desconocido para el común de los mortales. Debido principalmente a que llega a ser más divulgativa la magia de aquel supuesto adivino - dedicada a la pretensión de comunicarse con las divinidades y realizar prodigios, e incluso la facultad de la predicción- que el trabajo silencioso y callado de un científico como Brahe.

Tal era así, refiriéndonos a la ciencia, que incluso el propio Hiparco de Nicea (190 - 120 a. C.), astrónomo, matemático y geógrafo griego, habría sido admirablemente competente para aplicarse mano a mano, con la misma categoría científica que tuvo Tycho Brahe 18 siglos más tarde.  

Sabido es que la astrología trata de interpretar el poder o el peso que el posicionamiento y el avance de los cuerpos celestes tienen sobre los seres vivos, y la ciencia de la astronomía estudia las leyes de esos cuerpos celestes por las que se rigen sus movimientos, su distribución, la materia, su interacción, así como la energía que alberga el cosmos, los astros, los cuerpos en el cielo.

Tycho Brahe, junto con Copérnico (Polonia, 1473-1543) -creador de la teoría heliocéntrica- y Kepler (Alemania, 1571-1630) - con sus leyes acerca del movimiento planetario y orbital alrededor del astro rey-, contribuyó a la civilización astronómica, a que esta ciencia tuviese progresivamente su corpus a través del razonamiento y la observación, y una sistematización estructurada, que posibilitase la conclusión de leyes y principios generales con amplitud predictiva y verificables experimentalmente.

Estos científicos, considerados individualmente con la peculiar asistencia de su especialidad y maestría, alcanzaron bellos desenlaces para incógnitas ya expuestas en el mundo griego, aunque nunca zanjadas de una manera apropiada entonces. Un problema de fondo o de calado, por ejemplo, no fue otro que el de derivar y concluir el apresto, la colocación y los avances relativos que llevaban en sí los astros, sabiendo la algarabía de sus oscilaciones aparentes; porque si una característica del científico es la de la experiencia, el arte y la perseverancia en el estudio y la observación, el danés Tycho Brahe se llevaba todos los puntos. Esa cualidad la implementó en la reforma y corrección de la hipótesis copernicana. Teoría nunca acogida por el danés. Curiosamente, Tycho no recogió ni amparó el concepto matriz de que nuestro planeta se mueve junto con los otros planetas en torno al Sol. No obstante, por otro lado se había determinado a arrancar los ásperos métodos geométricos que desfiguraban la nueva disposición revolucionaria de Copérnico.

Tycho, por poco, no conoció el telescopio. Su teoría giratoria de los planetas alrededor del Sol no comprendía a la Tierra que, además, era estática y circundada por el Sol. Por otra parte, las órbitas heliocéntricas de los demás planetas no eran elípticas, sino circulares. Tycho es el ejemplo del científico que no va más allá de lo que puede ir con los recursos, datos y mediciones con los que cuenta. Ejemplo, por lo tanto, de humildad científica.  

Sin embargo, a Tycho no le han llegado los aplausos nunca como teorizador. Ávido de emociones intelectuales y procedente de una familia noble, no supo aprovechar un capaz y fácil apego a las atávicas dedicaciones de su posición. Estudió Derecho, pero su observación se encaminó aprisa hacia la Astronomía.

¿Qué le inspiró la Astronomía?

Fue la asombrosa atribución de revelación que considera y conserva esta ciencia. Y aplicó todo su tiempo y esfuerzo, con todos los aderezos astronómicos a su alcance, a fabricar tablas de los planetas con menos errores que los de las conocidas hasta entonces. Elaboró materiales, y más pronto que tarde fue muy popular como observador astronómico. Felizmente para él y la ciencia, aprovechó el apoyo del rey de Dinamarca y de Noruega, Federico II (1534-1588), quien le benefició con una paga permanente, además de una colosal cuantía de dinero, con el fin de que levantase el observatorio de Ven -o Hven y Hveen, en danés o sueco antiguo- una isla, hoy sueca, próxima a casi dos horas de Copenhague. Tycho bautizó a su nueva ubicación como Uraniborg, el Castillo de los Cielos, o el Castillo de Urania -del griego Ουρανία, 'celestial'-, de ahí que Urania pasase a ser la musa de la Astrología y la Astronomía, dos siglos antes a Tycho Brahe. En fin, como quiera que fuese, allí se estableció, con su admirable astrolabio de tres metros de radio, con cuyo estudio obtuvo observaciones más precisas, y su brillante acopio de herramientas, materiales, mecanismos, aparatos y dispositivos por doquier para el entendimiento y estudio de la carta del espacio sideral y, en general, del funcionamiento estelar, cuyas aportaciones son incontestables y sin cuyas notas y reseñas alcanzadas por este notable danés, seguramente Johannes Kepler, por ejemplo, no hubiera podido años después dar con las leyes que hoy llevan su nombre y que dirigen la mecánica planetaria.

Concatenadamente, Tycho Brahe llevó a cabo todos aquellos estudios y anotaciones de las que careció Copérnico y que, a su vez, el astrónomo danés, al fallecer, legó a Kepler, disfrutando este de todo aquello que le fuese esencial para consumar la transformación y el giro que habían surgido, una revolución. Así, le vemos en el castillo obteniendo una gran cantidad de medios y números considerados, desde el año 1576 hasta el de 1592, situándose como el investigador y el sabio más conocido e insigne de Europa; devoto y encariñado además por el estudio de la astrología y la alquimia, a los veinte años, aun con eso, esos afectos no llegaron a empañar ni apagar de ningún modo su empresa y su creación esencialmente investigadora y dedicada a la ciencia. Sentado esto último, las mediciones angulares que llevó a cabo Tycho no dejan de ser superiores a las que nunca haya conseguido el ser humano sin favor focal alguno, produciendo asimismo una confianza de aproximadamente hasta el arcmin -minuto de arco o sexagesimal-. Ya es admirable que llegase a soluciones incluso mejores que los efectos de los astrónomos alejandrinos. Hiparco, el más capacitado entre los conocidos de entonces, arqueaba con una tolerancia de error de cuatro minutos. Es cierto que habían pasado 18 siglos.

Declive del danés Tycho

Como después del día viene siempre la noche, lo mismo le sucedió a Tycho Brahe cuando fallece su protector Federico II. Nuestro astrónomo Tycho terminará sin la ayuda real. Quienes le codiciaban -la envidia siempre es y ha sido mala consejera- pudieron arrojarle del Castillo de los Cielos. Tycho jamás se recobró de aquel batacazo, pero de cualquier manera siguió aplicándose a la Astronomía durante varios años en Praga, en otro observatorio, asegurado y protegido por el rey Rodolfo II de Habsburgo y de Bohemia, un patrocinador de las ciencias y las artes. Y es aquí, en 1599, a sus cincuenta y tres años, en donde va a tener como asistente al joven Kepler -28 años-, que pudo ultimar las inéditas tablas planetarias, editadas después del fallecimiento de Tycho, las Tablas Rudolfinas. Con ellas, se acercó a una obra y a unos datos que posibilitaron su concepción celeste y sideral. Por ello, el golpe recibido en vida por Tycho ha producido, por consiguiente, después de su fallecimiento, una extraordinaria ventura y una suerte sobresaliente para la comunidad científica y el conocimiento astronómico.

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