martes 30/11/21

Diógenes, el Cínico

Parece que nuestras raíces ya no burbujean con los planes de estudio y la Filosofía es poco más que una atracción de feria. Y, sin embargo, es un reto. Porque la filosofía ayuda al adolescente, por ejemplo, en su demostración personal.

Regresaba de Olimpia y alguien le preguntó si había allí mucha gente. Respondió:

-“Mucha gente, sí, pero pocas personas”

La secta del perro. Vidas de los filósofos cínicos Diógenes Laercio. Introducción de C. García Gual. Alianza, 2015

La divisa, mejor dicho la evidencia, aparece turbadora y admirable por su vigencia, aunque se descubre incluso más si reconocemos que quien así respondió fue Diógenes (Grecia, Sínope, h. 404 a.C. - Corinto, 323 a. C.) que se incorporó al grupo filosófico de Antístenes, prosélito de Sócrates y que había erigido el movimiento de los cínicos. ¿Somos sucesores en gran parte de aquella sublevación moral, de aquella perturbación social e insurrección política, con las que se discrepaba y denunciaba todo lo que importaba en aquella sociedad que les tocó en suerte y que los cínicos la tenían y veían solo como degenerada y adulterada?

Diógenes fue un filósofo privado en parte de cualquier motivo para que su comportamiento fuese cuerdo, aunque no de la lógica, su lógica

Como gran parte de los griegos de entonces, Diógenes, aun siendo hijo del banquero Hicesias, carecía de hogar. Y la batalla (338 a.C.), en Queronea, entre el macedonio Filipo II y las ciudades estado griegas dirigidas por Tebas y Atenas hizo también que el sinopense fuese desterrado. Un filósofo errante que se autodeclaró 'ciudadano del mundo' y aplicó su hilarante e ingeniosa ironía para agredir a la gente distinguida y a aquella sociedad hipócrita que había convertido a algunos en adinerados con el trabajo, esfuerzo, calamidad y miseria de la mayoría social.

Es un mal endémico. Veinticinco siglos más tarde, la humanidad, en alguna ocasión, se ha arrogado también sus postulados, habiéndoles admirado, respaldado y, muchas veces, secundado. Ahora, parece que nuestras raíces ya no burbujean con los planes de estudio y la Filosofía es poco más que una atracción de feria. Y, sin embargo, es un reto. Porque la filosofía ayuda al adolescente, por ejemplo, en su demostración personal.

Tan injusto es que exista un síndrome que lleva su nombre, cuando no tiene nada que ver ese trastorno comportamental con la vida de Diógenes, como que haya pasado este a la historia y, en muchísima menor medida, su maestro filósofo Antístenes. De igual manera sucede con el origen de la escuela cínica. Cuando este último crea la escuela, lo hace en el gimnasio y templo de El Cinosargo, κυνος αργος, 'del perro blanco o ágil', lo que hace razonable la denominación o el mote con los que se les conocía a sus filósofos. También, hay quien sostiene que se les llamaba así, como insulto con el recurso de perro. Mejor atención podría tener el hecho de que vivían y morían como un perro -que en aquel momento no tenían estos los miramientos actuales-, solos, sin ninguna ayuda, abandonados. Más allá de las anécdotas sobre ellos y sobre Diógenes, los κυνικοί, los cínicos, eran con mayor justicia seres humanos que propusieron, y se atrevieron a llevarlo a cabo, alcanzar un modelo de actuación, de andar por la vida, mejor y contrario al común de las gentes, diferente en la busca del conocimiento.

La areté de los griegos viene a ser lo mismo que la virtus de los romanos, el valor, la energía, la perfección moral

Diógenes fue un filósofo privado en parte de cualquier motivo para que su comportamiento fuese cuerdo, aunque no de la lógica, su lógica. Y, como hombre coherente, no le gustaba agudizar sus contradicciones. Así, desposeído de lo que él creía la 'buena vida', la búsqueda del conocimiento y la sabiduría, se desposeyó de todo y se privó de los más elemental para vivir. Se empeñó en normalizar el interrogante sobre el conocimiento con la agudeza de su ingenio y sutileza, e independientemente del concepto que se nos ha hecho llegar del filósofo Sinopeo, a Diógenes le singularizará, como a los demás cínicos, la sensibilidad, el honor a la sabiduría -también mediante la educación- y la fuerza de su severidad.  

Alentaba, según su observación -que seguía con empeño y persistentemente hasta las últimas consecuencias-, sintiendo lo que pregonaba y recomendaba con su propia vida. Y lo hizo con ardor, señalando la trayectoria hacia ese estado de deseable placer tanto físico como espiritual, la εὐδαιμονία, eudaimonia, la plenitud de la existencia, valiéndose de la ἀρετή, areté, la  'excelencia'. De alguna manera, la areté de los griegos viene a ser lo mismo que la virtus de los romanos, el valor, la energía, la perfección moral; lo que sí es evidente es que toda esta organización de vida chocaba totalmente con los 'acuerdos' sociales. Mientras, ellos seguían con la vida ascética, ἄσκησις, áskêsis, ejercicio, disciplina, práctica.

La importancia que tienen los Cínicos viene de su teoría del conocimiento, intrínsecamente adherida a su seña dinámica y, en consecuencia, a la alteración de un orden establecido y al descaro que lleva inherente. Pocos filósofos ha habido con ese espíritu de Diógenes contra los procedimientos y supremacía del poder y con esa batalla en beneficio de un ideal inédito de ser humano. El Sinopeo, después de tanto tiempo, sigue aún vigente. La colisión entre el ser y el deber ser sigue estando servida.

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