sábado 27/11/21

Los discursos de la princesuca

La princesuca arrastra un seseo adolescente, lee mejor que una párvula y peor que un bachiller y decora con brochazos del catalán y del inglés los relamidos párrafos cuya lectura le encargan.

La princesa Leonor, qué honor, ha pasado el último finde leyendo discursos. Esta princesuca rubicunda, pizpireta y nada zangolotina, viajó desde Gales, que tú lo vales, hasta Oviedo y Somiedo para descargarse un par de textos llenos de pretextos. Y en el contexto otoñal más propicio: sus afamados premios.

La princesuca rubia, espabilada y modosa camina hacia su tercer trienio en el antetrono. La nieta del campechano, primogénita del rey ojiazul y de la ex periodista, jugaba en casa. De ahí que el recital de lugares comunes al que puso nombre propio, recibiese tan exagerados aplausos.

Premiar a los ocho premiados con el discurso que se merecían no era tarea apremiante. El redactor del texto, preciso como un neurocirujano, situó a Leonor de Todos los Santos de Borbón y Ortiz en ese delicado confín institucional de quien aspira a ser reina de un país de naciones. La princesuca arrastra un seseo adolescente, lee mejor que una párvula y peor que un bachiller y decora con brochazos del catalán y del inglés los relamidos párrafos cuya lectura le encargan.

Felipe VI es mas de alocuciones monótonas, complacientes y monocordes. Ni enardece ni decepciona

Felipe VI es mas de alocuciones monótonas, complacientes y monocordes. Ni enardece ni decepciona. Tiene el favor y el fervor de la opinión pública y de la opinión publicada. No empeora un solo discurso con su lectura, pero tampoco los mejora. Su estratégica referencia a la tragedia de La Palma le procura últimamente más palmadas en su ancha espalda. 

Letizia, ella sí con zeta de zangolotina, leía apreciablemente mejor los titulares de su Telediario de la 1 con Urdazi que sus infrecuentes discursos secundarios. De los lejanos discursos del abuelo y de la triste doña Sofía apenas conservamos ni su rostro ni su rastro. 

Jorge VI de Inglaterra encandiló a su pueblo con sonoras arengas impropias de un tartamudo. Véase esa gran película llamada “El discurso del Rey”. Tartaja (disfémico) era también el mejor orador de la civilización griega, Demóstenes, que alcanzó su finísima elocuencia ensayando noche y día con piedras en la boca. La princesuca acabará estudiando en Gales a Demóstenes y a Jorge VI. Otra cosa es que les haga caso.
 

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