sábado 19/6/21

Adoro los días de calor

Adoraba viajar, descubrir lugares nuevos, y qué mejor manera que hacerlo con un día perfecto de calor.

Hacía calor, mucho calor, tanto que ya ni recordaba la última vez que hizo un verano tan caluroso en Santander. El sol brillaba con fuerza y la bahía lucía preciosa, con un brillo especial. Estaba abarrotado de turistas, lo que le daba vida a la ciudad. Paseaba por las calles santanderinas observando atónito la felicidad que se respiraba. La gente sonreía sin motivo, como si el calor cambiara sus estados de ánimo. No existía tristeza alguna, no había lugar para el frío.

Observaba la vida de las personas desde el balcón de mi casa, a la sombra, valorando la frescura que el mismo calor me proporcionaba. Veía a lo lejos la gente disfrutar de un buen baño en la playa, luciendo sus torsos al sol, zambulléndose en el agua, refrescándose para volver a recibir los rayos del sol más tarde. Los niños jugaban con la arena entre sus manos, construían castillos enormes, dignos de un magnífico rey.

Mi envidia aumentaba por momentos al ver tanta felicidad por la calle, por lo que me dispuse a salir fuera para alimentarme de esa felicidad. Adoraba viajar, descubrir lugares nuevos, y qué mejor manera que hacerlo con un día perfecto de calor.

En ese momento me di cuenta de que la vida puede cambiar mucho, que hoy sabemos dónde nos encontramos y que mañana quien sabe

Me encontraba caminando, sin pausa pero sin prisa, acompañado de mi música favorita, la que marcaba el compás de mis pasos firmes y decididos. Entre sudores anduve desde el Sardinero, pasando por El Camello y Peligros hasta llegar al Paseo Marítimo. Una vez aquí, sentado en un banco, mirando hacia el mar mientras recuperaba el aliento, vi como una lancha que recibía el nombre de Reginas, atracaba en el muelle. No lo dudé ni un segundo, compré un billete de ida, sin pensar en cómo ni cuándo volveré, solo quería irme, descubrir nuevos parajes.

Una vez en la lancha, caminé hacia la proa, donde pelo al viento veía el paisaje desde fuera de la bahía. No se puede expresar con palabras cómo el Palacio de la Magdalena se hace grande cuanto más te alejas, cómo la ciudad en sí coge más belleza desde las afueras, cómo el mar encaja perfectamente en el lienzo de la vida cántabra. A un lado la ciudad se unía con el mar y al otro el mar se fundía con la montaña, mi corazón se hallaba dividido, pues no sabía dónde fijar la mirada.

En ese momento me di cuenta de que la vida puede cambiar mucho, que hoy sabemos dónde nos encontramos y que mañana quien sabe, pero lo que sí supe entonces, es que conocía perfectamente donde quería acabar el resto de mi vida. Mi Cantabria querida. 

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