jueves 28/10/21

No dejemos de mirar al horizonte

La crisis humanitaria provocada por el éxodo de refugiados sirios debe ser atendida por la comunidad internacional, pero no hay que olvidar que hay otras a lo largo y ancho de África y Asia, aunque no estén siendo televisadas ni llamen a nuestras puertas.

Nunca en la historia de la humanidad ha habido más refugiados que en el momento actual: 50 millones a lo largo y ancho del planeta. Ni siquiera durante la II Guerra Mundial se alcanzó esta escalofriante cifra.

Como muestra de la gravedad de la situación, solo los campamentos de Dadaab en Kenia acogen a medio millón de refugiados que malviven en unas condiciones de precariedad inimaginables para nuestra confortable Europa. Por cierto, unos campos que se levantaron hace ya dos décadas y que en un principio estaban destinados a acoger a 20.000 refugiados.

Sin embargo, ante esta realidad estructural, persistente y cuya evolución no ha hecho sino empeorar en los últimos tiempos, la comunidad internacional lejos de abordar políticas inteligentes y eficaces de pacificación y cooperación al desarrollo, han tomado decisiones que han venido a agravar esta tragedia que afecta muy especialmente a los continentes africano y asiático.

En Europa, la llegada de refugiados sirios y el espectáculo mediático que está acompañando su diáspora se ha colado en nuestros salones de estar y nos ha provocado una fuerte sacudida emocional. No son los únicos refugiados, ni los primeros refugiados, ni los que están en peores condiciones, pero son los refugiados que hemos puesto rostro y voz gracias a los medios de comunicación. Y son, también, los refugiados que nos recuerdan a los europeos que ante la guerra de Siria, que es una atrocidad como todas las guerras, la comunidad internacional ha fallado estrepitosamente. 

Los Gobiernos, los mismos que poco o nada han hecho por atacar en el origen estos problemas, ávidos de notoriedad y popularidad y necesitados de conectar emocionalmente con sus ciudadanos han reaccionado frente al problema con el cortoplacismo que caracteriza a la política de hoy y lo han hecho, en algunos casos, con un gran y obsceno alarde publicitario.

Ha tenido que ser un niño de 10 años sirio quien nos recuerde que ellos lo que quieren es vivir en paz en su país, que lo que quieren es que se acabe con la guerra que es el motivo principal de todas sus desgracias.

Hoy la noticia es Siria y sus refugiados. Del resto de refugiados del mundo nadie se va a acordar porque vivimos al dictado de la contingencia y porque este drama nos golpea a las puertas de nuestras narices. Y luego avistaremos otra tragedia que convertirá el sufrimiento de estos refugiados en algo cotidiano y soportable y los medios dejarán de hablar de este asunto porque ya no será noticia y la agenda política estará ocupada con otros asuntos. En este sentido, nos recordaba el sociólogo Imanol Zubero que “vivimos en la época lo efímero, donde nada se plantea a largo plazo”, en una sociedad en la que prima la “moral a la carta, emocional e intermitente”( Gilles Lipovetski).

Dicen que la contingencia es la sombra inevitable de la política. Que la política está instalada en el cortoplacismo, que está rodeada de enormes incertidumbres y no es capaz de anticiparse al futuro, que es demasiado débil frente a los retos que plantea la globalización y que es impotente ante la velocidad de los cambios de todo tipo que caracterizan a nuestra época.

Sí, seguramente todo esto es verdad y quizá todo ello forme parte de la naturaleza humana y de la condición política, pero, en cualquier caso no podemos dejar de soñar con un mundo mejor ni podemos relajar nuestras exigencias a quienes nos representan, ni en ningún caso debemos dejar de cumplir con el deber de ser humanos. Y por eso, en esta hora no podemos dar la espalda a esas legiones de refugiados que arrastran su dolor, sus añoranzas y sus esperanzas por nuestra vieja Europa, eso sí, sin dejar de mirar al horizonte y ambicionar un mundo mejor para todos.

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