sábado 21/5/22

Lo recuerdo todo

Para cualquier persona homosexual que haya crecido en este país o en cualquier otro hasta hace no tanto, la homosexualidad iba ligada intrínsecamente a la mentira. La mentira a tu familia, a tus amigos, a tus compañeros de clase, de trabajo, a tus vecinos.

*Recomiendo escuchar Fast Car- Tracy Chapman durante la lectura de esta columna. Aunque bueno, recomiendo escucharla siempre que se pueda. https://youtu.be/IxXO2ybSvfg

No siempre es fácil empezar a hablar de quien eres. Para mí no lo fue durante mucho tiempo. Más allá de las voces y los oídos amigos, enfrentarte a tu propia realidad nunca es sencillo, tampoco para alguien como yo, que desde hace una década se dedica a escribir y a que la lean.

De verdad, os juro que no nace de manera natural eso de empezar a utilizar la primera persona del singular delante de un folio en blanco. Quizás por miedo, quizás por vergüenza, por apatía, por enfado o decepción. Y mucho menos lo es cuando tienes 15 años, esencialmente porque nada es fácil a esa edad.  

Cada año, el 26 de abril se conmemora en España el Día de la Visibilidad Lésbica y lo hace tan solo desde 2008. Catorce años en los que el mundo ha cambiado, en los que yo he cambiado, en los que nuestros referentes lo han hecho.

Aún recuerdo aquello que se repetía en tantos altavoces de “que hagan lo que quieran pero que no lo llamen matrimonio”

 

Por aquel entonces yo tenía 20 y, solo tres años antes España se había convertido en el tercer país del mundo en legalizar el matrimonio homosexual. Aún recuerdo aquello que se repetía en tantos altavoces de “que hagan lo que quieran pero que no lo llamen matrimonio”, porque no podía serlo, porque no teníamos derecho a que lo fuese, porque el lenguaje nunca les había importado hasta que pedimos compartirlo. Siempre el dedo que señala, siempre la duda, la pelea, el secreto.

Para cualquier persona homosexual que haya crecido en este país o en cualquier otro hasta hace no tanto, la homosexualidad iba ligada intrínsecamente a la mentira. La mentira a tu familia, a tus amigos, a tus compañeros de clase, de trabajo, a tus vecinos. Mentiras, mentiras y más mentiras. Una red complejísima de excusas, medias verdades y secretos que te alejaban diariamente de los que más querías y también, inevitablemente, de ti mismo. Una mochila muy pesada para cualquier adolescente que tiene que enfrentarse a los otros muchos retos que ya de por sí se presentan a esa edad.

Vivir así (des)dibuja tu personalidad para siempre. Recuerdo la primera vez que di la mano a una chica por la calle como si fuese ayer. Días, meses, años de dudas y de temores concentrados en un instante. Aquello era un paso tremendo, algo parecido a un doble mortal con tirabuzón, y no porque tuviese dudas, porque no las tenía. Estaba loca por ella. Quería como se cree que se quiere a esa edad, sin vértigo, sin pasado, sin reservas. Por eso, meticulosamente calculé el sitio y la hora para asegurarme de que en ese instante no hubiese demasiada gente alrededor.

Con mi mano, temblorosa, busqué la suya, que era algo más grande e involuntariamente también más segura y firme que la mía, para dar el paso. La respiración entrecortada y los nervios me permitieron mantenerme rígida en esta posición durante cerca de dos intensos minutos, justo los que tardó un señor en insultarnos y mirarnos con desprecio. Un hombre adulto y al que se le presupone la decencia de no hacer llorar a dos chicas que no conoce de nada y que bien podían ser sus hijas. Entonces, mi diminuta y hasta hacía no tanto, empoderada mano volvió a mi bolsillo, donde se escondería durante tantos y tantos paseos que llegaron después de aquel día.

Este relato, que es el mío, ha sido durante mucho tiempo el de tantas y tantas mujeres de este país. Entonces yo apenas contaba con referentes. Recuerdo escuchar a escondidas a Tracy Chapman como si estuviese haciendo algo malo. Leer entrelíneas en algunas series de televisión que casi sin saberlo nos ofrecían un refugio donde resguardarnos de la tormenta. Buscar mi habitación propia.

Este relato, que es el mío, ha sido durante mucho tiempo el de tantas y tantas mujeres de este país

Recuerdo también empezar a ver cada vez a más mujeres en los medios de comunicación dando pasos hacia delante en materia de visibilidad. Recuerdo empezar a crecer. Recuerdo ver a Ellen Degeneres perder toda su carrera por salir del armario. Recuerdo retroceder. Recuerdo  escuchar a Chavela Vargas y entender lo que la dolía.

Recuerdo como me rompieron el corazón. Recuerdo como me lo volvieron a recomponer. Recuerdo la primera vez que, la que en unos meses será mi mujer, me dio la mano. Recuerdo mantenerla firme. Levantar la cabeza. Sonreír.

Recuerdo como hace no tanto nos insultaron por la calle. Recuerdo el miedo que sentimos al ver como el odio volvía a ganar espacios que parecían conquistados y también recuerdo pedirla que no me la soltase, que la Coral de 16 años hubiese necesitado ver como esas dos mujeres seguían adelante sin retroceder un paso.

Nos queda tanto camino por recorrer que si miro al futuro sé que la tarea será ardua. A día de hoy, dos mujeres no pueden registrar a su hijo de manera conjunta sin estar casadas, algo que una pareja heterosexual sí puede hacer. Una discriminación práctica y tácita que necesitamos corregir lo antes posible para poder avanzar como sociedad. Tenemos mucho trabajo por delante, y ya que prometí hablar de mí, me muero de ganas por hacerlo.

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