lunes 6/12/21

Europa como excusa

Todo se justifica con el nombre de Europa, incluso temas de consumo interno, el incremento de impuestos, las subidas de los precios… Pero son los propios Estados quienes marcan los objetivos y prioridades.

Si alguien hubiera ideado o diseñado una forma de diluir la responsabilidad de quienes dirigen nuestros destinos, lo haría a través de un Estado fallido. Algo parecido es la Unión Europea, un invento original, a medio camino entre la Confederación y los Estados Federales, aunque en realidad son Estados independientes, que aceptan poner en común un cierto número de competencias, así Europa es un club de Estados, pero que, paradojas de la vida, si Europa quisiera entrar en el mismo como un Estado más, no cumpliría las normas y exigencias básicas para ello.

Esta superestructura se ha convertido en una de las excusas perfectas para los responsables políticos, la de tener un ente superior en el que descargar las culpas de todos los males, alguien a quien pasarle la pelota, un escudo perfecto, o una manta, con la que tapar muchas veces sus propias miserias. Desde luego, la Unión Europea cumple con esta misión perfectamente.

Es como si todo lo negativo nos viniera actualmente por su gran culpa: la insolidaridad, las crisis, los recortes en derechos sociales, las intervenciones en nuestra economía, aunque sea doméstica. Todo se justifica con el nombre de Europa, incluso temas de consumo interno, el incremento de impuestos, las subidas de los precios… Pero son los propios Estados quienes marcan los objetivos y prioridades.

Los Gobiernos estatales, y también autonómicos, tienen un chivo expiatorio en Europa, la culpable de todos nuestros males. Pero quizás haya que empezar por el principio, y mirar con objetividad a esa Europa, o para ser más exactos, a la Unión Europea formada por 28 Estados; con una población superior a 500 millones de habitantes, una renta per cápita muy superior a la media mundial, una esperanza de vida de 78 años en los varones y 82 años en las mujeres, siendo la más elevada de un continente, con un sistema de derechos y libertades, además de los derechos que nos da la propia ciudadanía de la Unión (creada por el Tratado de Maastricht en 1992), que con todos sus defectos, este marco jurídico es muy importante en la protección de los ciudadanos. Así que, en principio, no parece un mal lugar para vivir.

Ahora bien, caer en la autocontemplación, y pensar que es el mejor de los lugares posibles, tampoco sería correcto. Quizás haya que echar una mirada al pasado, que nos pueda servir como una cura de humildad. Ahora que se cumplen 101 años de la I Guerra Mundial, y 70 del final de la Segunda, donde murieron más de 50 millones de personas, también Europa era hace más 100 años uno de los lugares más desarrollados del Planeta, y sin embargo fue donde se cometieron las mayores atrocidades de nuestra civilización moderna, como el intento de exterminio de etnias y razas por la condición de ser diferentes.

Uno todavía no entiende cómo, de una manera pedagógica, no se ha divulgado más este centenario, para enseñar de lo que es capaz la raza humana. Si alguna vez has visitado un campo de concentración y exterminio nazi no lo olvidarás en tu vida, así hayan pasado 100 años y muchos más. Aunque enseñar tus vergüenzas no sea agradable, el saber y recordar esos graves hechos, y que no somos tan perfectos, nos tiene que servir de vacuna ante situaciones de injusticia que podemos estar viviendo actualmente.

Hemos avanzado, y mucho, en este entorno que nos ha proporcionado la Unión Europea, nacida del miedo a sí misma después de la II Guerra Mundial, y donde se ha conseguido un marco normativo, quizás el de mayor cumplimiento de los Derechos Humanos, pero que a pesar de tener una moneda única, muchos planes de armonización, … hay  diferencias y desigualdades tan grandes que son difíciles de entender entre el norte y el sur, y que también se dan dentro de Estados como España e Italia.

Es verdad que con todos sus defectos, Europa es para muchas personas africanas y del medio-oriente la tierra prometida, el nuevo paraíso al que llevar a sus familias, mientras que, para los que vivimos en ella, una y otra vez, la ponemos como fuente de nuestros males.

Es cierto e indudable que los países se han puesto de acuerdo en el tema económico, moneda única que facilite las transacciones económicas, en un espacio sin fronteras interiores para facilitar el tránsito de mercancías y personas. Su propio nacimiento y desarrollo tiene mucho más que ver con cuestiones económicas que sociales, aunque separar ambas suele ser un error.

Europa es un lugar dirigido por una superestructura lejana y difusa, a pesar de que los ciudadanos de la Unión elegimos cada cuatro años su Parlamento; sus competencias, por muchas reformas que se hayan realizado, siguen siendo menores, la dirección ejecutiva la gestionan los Estados a través del Consejo Europeo, son los Jefes de Estado o de Gobierno, los que como se dice coloquialmente “cortan el bacalao”, los mismos que luego pondrán como excusa a esa Europa.

La verdad es que nunca hemos sido capaces de entender ese entramado burocrático que nos sigue siendo muy lejano, con varias sedes para contentar la relación de poder, y donde al final parece que sólo manda uno, Alemania y los demás somos súbditos, o al menos, eso es lo que nos quieren hacer creer.

Recordar el camino desde que en 1985 España entra a formar parte de la familia europea, aquellos esfuerzos para obtener el ingreso, la ilusión de todos por pertenecer a ese club, las largas negociaciones, el ministro de asuntos exteriores, Fernando Moran, cantando el “Asturias patria querida” y los fondos de cohesión que vertebraron nuestro país con autovías que son las arterias que unen nuestro territorio. Pero poco a poco esa ilusión se ha ido apagando, y creciendo los euroescépticos.

Sin embargo, todo lo malo no viene de Europa. Así, los fondos destinados a los proyectos del gasto regional representan cerca de un tercio del presupuesto de la UE. A estos recursos de aplicación directa no se les ha dado la importancia debida, a veces quedan en un cartel, en una cuneta. Siendo estos el Fondo Europeo de Desarrollo Regional (FEDER): infraestructuras generales, innovación e inversiones; el Fondo Social Europeo (FSE): proyectos de formación profesional y otros programas de ayuda al empleo y creación de empleo; y el Fondo de Cohesión: proyectos de medio ambiente, infraestructuras de transporte y desarrollo de energías renovables.

Actualmente, la solidaridad y la justicia social de la Unión Europea se ha puesto a prueba con la llamada crisis de los refugiados y/o migratoria, donde hemos podido ver que los ciudadanos, cuando se organizan y cuentan con apoyos de  ONGs e instituciones, ya sean ayuntamientos, CC.AA… son capaces de mover voluntades. Crean una ola de solidaridad con unas personas que lo han perdido todo por una guerra, como todas, totalmente injusta. Esto nos hace ser más optimistas de cara al futuro.

El posicionamiento de los ciudadanos a través de los entes institucionales más pequeños ha hecho mover ficha a los responsables de nuestro país y cambiar su postura, tener una actitud mucho más receptiva a ese gran problema social. Es cierto que esta situación no se resolverá en dos días, y por desgracia la desigualdad y los muros, incluso los propios, sabemos que son muy difíciles de derribar. Que la hipocresía y la demagogia es muy fácil de usar y más en estas situaciones, pero para aquellos que nos dicen que intentar solucionar este tipo de problemas de una injusticia manifiesta, de falta de humanidad y solidaridad, es hacer un “efecto llamada”, habría que contestarles que, con su postura nunca resolveríamos un problema.

Por ello, si entre todos empujamos vemos que las cosas se mueven, y la fuerza de la razón y la justicia se abren camino; una sociedad no puede avanzar si sólo se mira su ombligo. Cada vez que vemos un problema en nuestra pequeña Cantabria, sea el cierre de nuestras empresas, el problema de los ganaderos con el precio de la leche, una infraestructura que no avanza, o el aeropuerto que no recibe aviones, pero sobre todo, los graves problemas de las familias que huyen de la miseria, no podemos seguir mirando a Europa como única culpable de nuestros males, ya que ésta muchas veces es simplemente un escudo, o la excusa, de quienes tienen las responsabilidades y no están a la altura para dar las soluciones que merecen los ciudadanos.

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