lunes 10/5/21

Los abrazos perdidos

Ahora cuando la distancia nos la han puesto, e impuesto, por nuestro bien y por decreto, uno se puede preguntar también ¿a dónde van, o dónde se esconden, tantos besos y abrazos que no nos podemos dar?

Decían aquellos famosos versos que casi todos aprendimos en la adolescencia del poeta del romanismo tardío Gustavo Adolfo Bécquer: 

¡Los suspiros son aire y van al aire! / ¡Las lágrimas son agua y van al mar!

Dime, mujer, cuando el amor se olvida /¿Sabes tú adónde va?

Cuántas versiones libres de esa poesía se han escrito en las puertas de los servicios de muchos institutos. ¿A dónde se va el amor si tú te vas a Potes y yo a Nueva York?, y ¿si ella se va con otro, y tú te quedas llorando en el pasado? 

Cuánto nos estamos perdiendo, cuánto nos han robado

Ahora cuando la distancia nos la han puesto, e impuesto, por nuestro bien y por decreto, uno se puede preguntar también ¿a dónde van, o dónde se esconden, tantos besos y abrazos que no nos podemos dar?, cuánto nos estamos perdiendo, cuánto nos han robado.

Los hay muy celosos de su espacio vital, el contacto casi les repele, luego están los del otro extremo, con los que más me identifico, los "abrazafarolas", los que necesitamos el contacto, el calor, el sentir esos besos y abrazos. Como decían los viejos profesores la virtud se encuentra en la equidistancia de los extremos, puede ser verdad, pero igual se pierde mucho tiempo midiendo.

Esto es como lo del artista ¿nace o se hace? Bueno, puede que un poco de todo, recuerdo desde que tengo memoria, que mi madre me decía "dale un beso a la prima Isabelita", y yo era de un generoso total, le daba besos a la prima, y a todas sus amigas y no hacía discriminaciones ni por razón de edad, sexo, religión, ni ideología o religión en aplicación del artículo 14 de la Constitución, eso que en mi niñez predemocrática podía tener mucho peligro... Si venían las tías se besaba a las tías, y si eran las abuelas ni dudarlo, que igual encima te caía alguna paga. Mi hija se echaba a correr riendo a carcajada suelta cuando llegaba a casa y le decía papa "besucón" al ataque, ¡Qué tiempos! y ¡qué rápido pasan! 

Sí, los tiempos están cambiando, como decía aquel político que nos dejó una frase importada de México, "el que se mueve no sale en la foto", y ahora "a estos tiempos tampoco los conoce ni la madre que los parió". No es que no nos demos besos y abrazos, ya ni siquiera un simple apretón de manos.

Estos cambios van a tener una repercusión sustancial en nuestro futuro

Los sociólogos, psicólogos, y demás fauna de expertos, dicho con todo respeto, que en este país se te mosquea el personal más rápido que Revilla te coloca la publicidad; ellos, los que saben, nos dicen que estos cambios van a tener una repercusión sustancial en nuestro futuro, en el carácter de los que se están formando, y en la melancolía de los demás.  

El día 21 de enero fue el día mundial de los abrazos, es verdad que ahora hay más días mundiales que santos caben en el calendario, sin embargo hay que reconocerlo, algunos merecen la pena, y más en estos tiempos. El contacto con nuestros semejantes nos hace más humanos, necesitamos el lenguaje, y el del tacto también, que nos ayuda incluso aunque parezca una exageración a la supervivencia de la especie, desgraciadamente ahora con el tema de los virus, parece que es lo contrario. 

Ese contacto estrecha lazos, incrementa la confianza, te da seguridad, mejora el estado de ánimo, reduce el riesgo de padecer pandemia, rejuvenece y baja la tensión incluso la arterial. Ríanse Uds. del "elixir de la vida", del "jarabe mágico" de los magos de las palabras, comparado con unos abrazos y unos besos.

Esta pandemia, sin duda, es una grave amenaza para nuestra salud primero, y para la economía después, con la pérdida de puestos de trabajado, ahí están los ERTEs, EREs, donde los lunes al sol se vislumbran desde el invierno, esto ya es un hecho.   

Ahí está el dolor de muchas familias por los seres queridos que nos está quitando, produce perplejidad la naturalidad con que desde el poder se habla de muertos y se asume esta desgracia, cuando además sus propias decisiones pueden incrementar lo que sin duda es una gran tragedia colectiva. 

Se crean muros para que virus no circule, también muros para nosotros a veces no demasiado visibles, nos separan perimetralmente del vecino, del barrio vecino, del pueblo vecino, de la comunidad vecina... alejándonos de tantos amigos, de tantos seres queridos, consecuencia de una realidad que nunca sabes por qué nos toca vivir. 

Cuánta miseria hay entre los que se creen mejores que los demás, con más derechos

Por ello, ahora que las vacunas parecen ese "clavo ardiendo" al que nos agarramos, esa esperanza que se dibuja en nuestro futuro, ver como aflora el egoísmo de los que se creen más listos, y usando el poder se saltan toda ética posible para inyectarse la misma, te das cuenta de cuánta miseria hay entre los que se creen mejores que los demás, con más derechos, que se pueden saltar la fila, los protocolos, porque en el fondo se creen que su vida vale más que la nuestra.

Nosotros tampoco debemos olvidar el deber moral y ético que tenemos con otros países más pobres, que necesitan también de nuestra ayuda. Si algo hemos aprendido es que la pandemia no sabe de fronteras, para luchar contra la misma, no podemos dejar a nadie tirado, por ello o nos salvamos todos, o el virus siempre será una amenaza para todos. 

Necesitamos urgentemente una nueva revolución, posiblemente para salvar a nuestra especie, y es la revolución de la ciencia y la solidaridad, esa que haga posible que nos vuelvan los besos y los abrazos perdidos.

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