domingo 16/1/22

Cabalgar contradicciones, o que ellas te cabalguen a ti

En una sociedad en la que nadie se equivoca, en la que nadie se contradice, en la que nadie yerra y se enmienda, difícilmente habrá alguien que aprenda algo de provecho.

Me pregunto en qué momento de nuestra evolución, el contexto moral y cultural en el que nos hemos venido desarrollando como sociedad nos impulsó a olvidarnos de uno de nuestros principales defectos, uno de los muchos que tenemos, como si este ya no existiese y no nos empujase constantemente a tener que soportar enormes contradicciones entre aquello que solemos sostener con nuestras palabras y aquello que finalmente acabamos sosteniendo con los hechos. Hablo de nuestra natural tendencia al error, a la equivocación y al reconocimiento implícito del mismo que de forma inmediata debería acompañarle como elemento necesario en cualquier proceso de aprendizaje.

Ellos parecen tenerlo todo claro aunque su comportamiento errático denote exactamente lo contrario

En una sociedad en la que nadie se equivoca, en la que nadie se contradice, en la que nadie yerra y se enmienda, difícilmente habrá alguien que aprenda algo de provecho. Y por eso llama la atención la sensación que a veces uno tiene de encontrarse rodeado de Doctores Honoris Causa que sientan cátedra sobre los más diversos asuntos sin dejar el más mínimo margen a la discrepancia. Me refiero, claro está, a aquellos que jamás se equivocan. Me refiero a aquellos para los que cabalgar contradicciones significa que sean otros quienes las cabalguen, porque ellos son incapaces de reconocer lo frecuentemente que incurren en las mismas. De hecho es tal la frecuencia y tal su incapacidad para reconocerlo que precisamente son ellos los que acaban siendo cabalgados por sus contradicciones y aquellos que más derrapan en la percepción de la realidad que les rodea.

En estos tiempos inciertos y frenéticos que vivimos, en los que las certezas se difuminan cada vez más en la penumbra del incierto presente y futuro que se nos presenta delante y en los que ante nuestros ojos solo toman forma un sinfín de dudas que solo consiguen inocular el miedo en nuestros corazones, resulta llamativo la proliferación de personas y perfiles como los anteriormente descritos, destacando sobre el caos y la confusión del resto. Ellos parecen tenerlo todo claro aunque su comportamiento errático denote exactamente lo contrario.

No hay nadie más totalitario que aquel que cree que nunca se equivoca, que nunca se contradice y que siempre tiene razón

Estos perfiles han encontrado, en el contexto que vivimos, el lugar de cohabitación perfecto con la natural tendencia totalitaria de un estado de excepción que se justifica en la necesidad de tomar medidas de excepción. Su verdad omnipotente ha sido voluntariamente puesta al servicio de la ideología de turno. Y estos individuos han tornado, por iniciativa propia, las decisiones políticas de un lado u otro en verdades incuestionables, como si el resto hubiésemos perdido la capacidad y el derecho a expresar nuestros puntos de vista, de la misma forma que hemos perdido el derecho a movernos con libertad por la calle. No hay nadie más totalitario que aquel que cree que nunca se equivoca, que nunca se contradice y que siempre tiene razón. Son el perfecto comisariado político incapaz de ver más allá de su propio ombligo. O de su propia estupidez.

El problema es que, llegados a un punto,  tales actitudes se convierten en un peligro para el bien común. Por ejemplo, que personas como estas, que se dicen de izquierdas, censuren el legítimo y sano debate sobre el verdadero alcance e impacto de las medidas que se van tomando en esta situación de crisis, so pretexto de que ni es adecuado, ni es el momento, ni cabe interpretación distinta a la suya, e impidiendo, sin ir más lejos, que una mayoría social reclame una mayor ambición política desde la izquierda en la implementación de soluciones que nos ayuden a salir de este desastre, es un peligro para el resto de la sociedad. Y es una contradicción en sí misma con las ideas y los principios que muchas de estas personas dicen defender.

No se puede ser de izquierdas, y temer el debate y la crítica. No se puede ser de izquierdas, y no asumir el riesgo de incurrir en contradicciones entre el planteamiento ideológico inicial y el pragmatismo al que te obliga el tener que jugar con las cartas que hayan ido tocado en cada mano. No está bien no querer ser sinceros con la gente y no querer evidenciar que existen límites o amenazas que en un determinado momento no se pueden desafiar, vendiendo como extraordinarias medidas muy moderadas que tienen limitaciones más que evidentes y en las que hay que ir practicando enmiendas a cada paso.

Coartar el debate, por no ser capaces de reconocer nuestras contradicciones y nuestras limitaciones no me parece la estrategia más inteligente

Mal vamos en la izquierda si en vez de “cabalgar contradicciones” y reconocer las limitaciones nos dedicamos a utilizar a miles de Torquemadas dedicados a silenciar,  a censurar y a vilipendiar a aquellos que creen en la estrategia de tensionar la cuerda frente a la derecha reaccionaria, mediante la crítica constructiva al ejecutivo, para obligarlo a inclinar la balanza hacia políticas que satisfagan plenamente los intereses y las necesidades de los de abajo. Toda vez que parece, que de nuevo seremos nosotros, los de abajo, los que carguemos sobre nuestras espaldas el coste de este nuevo desastre.

Es momento de crisis y por lo tanto es momento de grandes alteraciones en las correlaciones de fuerzas. ¿O acaso pensamos que los grandes poderes económicos y oligárquicos no están trabajando en esa línea? Nuestra baza en esa disputa de la correlación de fuerzas es, como siempre, la movilización y la agitación social. Movilización que jamás se producirá si nos limitamos a difundir el mensaje de que todo va a ir bien, algo que además no es cierto. Dicha movilización social debe partir de la exigencia de puesta en práctica inmediata  de aquellos planteamientos políticos que ocasionen cambios drásticos en en nuestro modelo económico, político y social y que reviertan los nocivos efectos de décadas de implementación de salvajes políticas neo liberales. Y sin duda, coartar el debate, por no ser capaces de reconocer nuestras contradicciones y nuestras limitaciones no me parece la estrategia más inteligente.

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