lunes 6/12/21

¿Por qué aprender hoy un idioma minoritario?

¿Para qué perder el tiempo y el dinero asistiendo a aburridas clases de idiomas extranjeros cuando una "simple máquina" es capaz de hacer el trabajo?

Una vez dijo Francis George Steiner (conocido como George Steiner) quien fue un profesor, filósofo, crítico y teórico de la literatura y de la cultura franco-anglo-estadounidense, además de especialista en literatura comparada y teoría de la traducción; lo siguiente en un importante discurso que, sobre las lenguas, pronunció en el Teatro Campoamor de Oviedo, en Octubre de 2001: "(...) la pluralidad de lenguas no es, y no puede ser, un castigo sino un buen hacer divino", y añadió: "Babel ha resultado ser la base misma de la creatividad humana, de la riqueza de la mente, que traza los distintos modelos de existencia".

Aquellos que consideran que no solo no resulta útil el aprendizaje y el uso de un determinado idioma, sino que, además, constituye toda una pérdida de tiempo, fondos y recursos; más bien habría que decirles que se mueven únicamente por la ambición de conseguir réditos materiales inmediatos, y olvidan (muchas veces con malicia calculada, o quizá inconsciencia apremiante) que cualquier lengua (de un modo u otro) nutre una forma singular de vida y cotidianidad.

Y eso que hoy en día, prácticamente, cualquier persona puede hablar a través de un simple dispositivo las principales lenguas que existen en el mundo, pues, por ejemplo, en la actualidad existen ingeniosos inventos de alta tecnología que permiten a las personas comunicarse de una manera inmediata en al menos 50 idiomas diferentes. Ante esta realidad algunas personas se pueden preguntar: ¿Para qué perder el tiempo y el dinero asistiendo a aburridas clases de idiomas extranjeros cuando una "simple máquina" es capaz de hacer el trabajo?

Las lenguas, aunque minoritarias, también forman parte del acervo cultural común, sin embargo, no todas son tratadas de la misma manera por la Administración, las Academias, la Política y las Instituciones. La lengua castellana, por ejemplo, cuenta con organismos públicos, como la Real Academia Española, que recibe a través de los Presupuestos Generales del Estado 1,6 millones de euros todos los  años. O el Instituto Cervantes, que tuvo en 2017 una financiación de 120,5 millones de euros; de los que un 53,3% fueron de origen público. A medida que los años transcurren estos porcentajes se van incrementando notablemente.

Todo el mundo (quien más y quién menos) ha estudiado alguna vez a lo largo de su vida algún idioma distinto del materno (aunque solamente sea a nivel superficial), circunstancia que es habitual, normal y general desde hace décadas. Por lo tanto, y si preguntásemos a alguien la razón y el por qué decide aprender un nuevo idioma extranjero (como el inglés, el alemán o el chino), lo más normal es que la gran mayoría indique entre sus respuestas, por ejemplo: el retorno o ganancia económica que podría suponer y acarrear en el futuro, además de su consiguiente formación y título académico que ello podría reportar.

Sin embargo, esta lógica se rompe cuando se tratan de comprender los motivos reales que llevan a pequeños grupos de personas o grupos a estudiar y/o a aprender idiomas, que muy difícilmente van a tener algún tipo de beneficio económico y/o material en un futuro cercano; sino más bien todo lo contrario. Y es que el problema surge cuando esa parte del patrimonio cultural (porque no conviene olvidar que los idiomas, aparte de una herramienta de comunicación, también son un bien cultural en sí mismos) es analizada y estudiada desde una óptica estrictamente utilitarista o mercantilista.

Y es que tan loable es evitar que la rana agalychnis lémur (se encuentra principalmente en Costa Rica y Panamá), por ejemplo, desaparezca de la faz de la tierra como consecuencia de una enfermedad infecciosa causada por el hongo chytridiomycosis; como lo pueda ser impedir y evitar que lo haga una lengua minoritaria.

Desde el año 2009 sabemos por la UNESCO que en el España hay varias lenguas seriamente amenazadas (y según niveles: hay cinco) a las que habría que presar una especial protección debido a su precaria situación altamente vulnerable. Estas lenguas son el extremeño, el aragonés, el cántabro, el murciano, el leonés, el canario, el asturiano y el aranés.

Y es que la UNESCO dispone de hasta cinco grados o estadios que sirven para poder clasificar la situación de los idiomas en función del estado de gravedad: "vulnerable", "en peligro", "seriamente en peligro", "en situación crítica" o "extinta". El cántabru se encuentra actualmente en el segundo de esos peldaños o escalas, a juicio de los técnicos de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura de la UNESCO.

De no enmendarse rápidamente esta situación se corre el riesgo de que alguno de estos idiomas termine (como lo hicieron en su día las lenguas guanches originarias del archipiélago canario, actualmente en el quinto nivel de gravedad de la escala de la UNESCO) desapareciendo y anulado para siempre de una manera completa y definitiva.

De la misma manera a como la propuesta hoy del socialismo asturiano en favor de su lengua se mira en el espejo de Galicia a la hora de recoger la declaración de la oficialidad de la lengua asturiana y del eo-naviego, así también esto mismo lo podría hacer ahora el actual gobierno del PRC y PSC-PSOE, que son los que tienen los votos favorables para ello, y al final la última palabra. ¿Para cuándo sino?

El socialismo asturiano (que desea cuanto antes hacer oficial el asturiano) quiere que se tome como base el artículo 5 del Estatuto de Autonomía de Galicia, por el cual se recoge que la lengua propia de Galicia es el gallego, y que tanto el gallego como el castellano son oficiales, y por lo tanto: "todos tienen el derecho de conocerlos y usarlos". También establece que los poderes públicos de la región garantizarán el uso normal y oficial de los dos idiomas, al tiempo que potenciaran la utilización del gallego en todos los órdenes de la vida pública, cultural e informativa; disponiendo así de los medios necesarios más oportunos para facilitar su conocimiento. En el mismo también se recoge que nadie puede ni podrá ser nunca discriminado por razón de la lengua.

El actual Ejecutivo cántabro (además de hablar con las organizaciones y grupos que desde hace décadas defienden el cántabru) también podría apostar por una cooficialidad cordial y benévola en su Estatuto, en la que el cántabru no sería lengua vehicular, como que tampoco se exigirá para acceder a la función pública; pero al menos este paso sí que sería una clara señal en favor de su reconocimiento. O si se prefiere, y en cántabru: "un acambatu ena decensa del su arreconucimientu" (una zancada en la defensa de su reconocimiento). Y es que si no se toman ya las medidas de urgencia en favor de su validación y protección, el cántabru corre un alto riesgo de perderse.

Ahora es el momento de batallar la conciencia en favor del cántabru. Todos los escenarios se hacen hoy más que nunca favorables para ello.

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