viernes 28/1/22

Ecopedagogía, ¿qué es y como puede ayudar al cántabru?

La ecopedagogía, sin embargo, se caracteriza por cultivar con especial atención otras cualidades y capacidades humanas, tales como la "entuición" (intuición), la "maginación" (imaginación), la "creatividá" (creatividad), la "istimulación sensorial y la sinsibilidá al tresviés' l'ispiriencia" (estimulación sensorial y la sensibilidad a través de la experiencia)

Algunos movimientos sitúan a Jean-Jacques Rousseau en la cúspide de la ecopedagogía, quizá por ser este polímata (persona que posee conocimientos que abarcan diversas disciplinas) suizo francófono nacido en Ginebra en 1712 uno de sus mayores desarrolladores, quizá sin tan siquiera él saberlo. Una persona prodigiosa donde las haya, y que entonces destacaba por abarcar diferentes disciplinas al ser escritor, pedagogo, filósofo, músico, botánico, naturalista, etc.

Sus ideas destacaron siempre por imprimir un giro copernicano a la pedagogía, al centrarla esta en la evolución natural del niño y de la niña sin la necesaria y obligada intervención de los padres; que más que "fiscalizadores" deberían de procurar ser siempre unos facilitadores y no unos adiestradores. La ecopedagogía de Rousseau viene a recordarnos que es necesario devolver a los niños y a las niñas lo que por derecho les pertenece, es decir: su conexión con la Tierra. Jean-Jacques Rousseau siempre decía: "Hay un libro abierto siempre para todos los ojos: la Naturaleza".

Para entender qué es la ecopedagogía necesitamos antes analizar algunos términos que la determinan: "pedagogía" y "ecología".

La "pedagogía" la podemos definir como aquel trabajo de promoción del aprendizaje a través del cual se van gestando los recursos necesarios que finalmente hacen posible los procesos educativos no cotidianos de las personas. La "ecología" se podría definir como el estudio que abarca las relaciones existentes entre todos los seres vivos con su medio ambiente.

Por lo tanto, podemos concluir con la conceptualización de que la ecopedagogía es aquel movimiento social y político que se preocupa por imprimir a la vida una pedagogía y una contextualización que tiende a realizar un desarrollo sostenible y sustentable sobre el cual poder construir y vivenciar luego relaciones más armoniosas y equilibradas con la vida natural y con los mismos seres que pueblan la tierra.

 La ecopedagogía propone la formación de ciudadanos conscientes e implicados con el entorno

Es así como la ecopedagogía propone la formación de ciudadanos conscientes e implicados con el entorno en el cual desarrollan estos sus vidas, buscando reflexionar cómo, en nuestros espacios, se están materializando las relaciones económicas, políticas, culturales, éticas..., resultantes de las transformaciones por las cuales pasa el mundo actual.

La educación tradicional (hasta hace aproximadamente un siglo) solo ha hecho hincapié en los aspectos cognitivos de los niños y de las niñas, llegando incluso a creer que había un solo tipo de inteligencia, y que esta podía medirse y resumirse en un número, así como en un afán de clasificación que nos permitiera tener la ilusión de que controlamos todo; incluso algo tan mágico y complejo como lo pueda ser el ser humano en desarrollo.

La ecopedagogía, sin embargo, se caracteriza por cultivar con especial atención otras cualidades y capacidades humanas, tales como la "entuición" (intuición), la "maginación" (imaginación), la "creatividá" (creatividad), la "istimulación sensorial y la sinsibilidá al tresviés' l'ispiriencia" (estimulación sensorial y la sensibilidad a través de la experiencia). Con ello, estimula un profundo sentido de conexión con la vida, consigo mismo, y con los demás, que sirve y vale en última instancia para fomentar y desarrollar una mayor capacidad de empatía y de responsabilidad en general.

Este nuevo enfoque cambia la filosofía de origen en la que hemos ido creciendo, y también con la que hemos sido educados hasta el momento, pues el ser humano no es, ni mucho menos, el centro del Universo, sino más bien una parte más de un inmenso Vacío o Universo lleno de posibilidades y riquezas inimaginables; en donde y desde la cual se puede conquistar nuestro mayor potencial humano y divino.

La realidad nos recuerda que muchos de nuestros niños y niñas del siglo XXI van creciendo poco a poco

Y es que la realidad nos recuerda que muchos de nuestros niños y niñas del siglo XXI van creciendo poco a poco, y como pueden (aunque también como les dejan) en burbujas casi herméticas, con universos y realidades que muchas veces son muy limitados y artificiales, y, además, están formados por pantallas, teclas y hormigones que solo sirven para generar trastornos físicos y emocionales a los que damos respuesta con fármacos. Niños y niñas que ya nacen casi enfermos en una sociedad enferma, que además se ha desconectado de manera acelerada de su "Yo", y de su "Personalidad-Identidad" más representativa y genuina, especial y particular.

Como el resto de mamíferos, nuestros cerebros están diseñados para lo que se conoce como biofilia, es decir para relacionarnos con las demás especies, animales o vegetales. Se trata de una atracción genética por la vida, una tendencia innata a dar valor a lo que nos rodea y percibimos como vivo.

Todo esto que aquí y ahora estamos relatando aún se mantiene vivo y actual en nuestra lengua cántabra, que a través del tiempo y de los acontecimientos se ha ido manifestando y exponiendo en un proceso que ha durado siglos y épocas de observación y transformación.

Educar y criar, alejando a los niños de lo que es innato en ellos, es ir en contra de su esencia y de su ser natural o aceptación biológica. Es un crimen que al final les pasará factura y producirá en ellos y ellas importantes fobias y carencias, trastornos y conflictos. Y las consecuencias son fácilmente reconocibles, aunque no por ello menos trágicas: nuestros niños y niñas han perdido espontaneidad, suelen tener biorritmos alterados, problemas de sueño, sensibilidad limitada, fatiga sensorial y falta de movimiento, entre otros, que luego suelen derivar en alteraciones de conducta y problemas de concentración: el famoso TDAH, por ejemplo.

Entre tanto, y como alternativa, los pediatras recomiendan exponer a los bebés a la luz solar al menos 15 minutos diarios, ya que es la mejor fuente de vitamina D, imprescindible esta para el desarrollo. Numerosos estudios e investigaciones demuestran que la actividad no estructurada al aire libre actúa como un potente preventivo de los trastornos de conducta, y que, por ejemplo, el TDAH mejora.

En la primera infancia, es decir, desde el nacimiento hasta aproximadamente los dos años, los niños y las niñas aún conservan su conexión con lo divino de una manera natural y espontánea. Y ya a partir de los dos años hasta los siete, los niños y las niñas aún continúan siendo poseedores de una conciencia mental pura y divina, por lo que no necesitan proyectar, ni clasificar, ni etiquetar, ni juzgar nada. Solo necesitan ser lo que simple y llanamente son: seres que son capaces de relacionarse directamente a través de los sentidos, como tocar, oler, saborear, escuchar, respirar... Ellos y ellas, desde su más tierna infancia, tratarán siempre de absorber el mundo de una forma más fluida y amplía, sin imposiciones artificiales que nada aportan, pero sí limitan, como el aprendizaje de la lectoescritura antes de esa edad, típico de nuestra cultura.

"Los niños necesitan dominar el lenguaje de las cosas antes que el lenguaje de las palabras", dice el psicólogo evolutivo David Elking. Y si este aprendizaje es en nuestra lengua cántabra, esos niños y niñas, cuando llegue su mañana, podrán ser capaces de llamar, por ejemplo, a la lluvia o a la nieve, de muchas formas y maneras, ampliando así y de esta manera su percepción de una realidad que ya no estará condicionada y sujeta a las directrices preestablecidas.

Antes de los siete años los niños y las niñas deben de correr, saltar, escalar, cuidar plantas y animales, jugar con agua y arena, pintar, escuchar e inventar canciones... y no aprender signos estructurados inmóviles entre paredes con pantallas digitales, por ejemplo.

Los entornos naturales son idóneos, al tiempo que también excelentes marcos sobre los cuales poder desarrollar la creatividad y la espontaneidad. Aquellos que les impulsen luego en el futuro a ser diversos y cercanos, amorosos y flexibles, colaborativos e intrépidos, valientes y espirituales, soñadores y creadores.

La responsabilidad de las madres y de los padres en este proceso es enorme

La responsabilidad de las madres y de los padres en este proceso es enorme, pues deben de tratar de educar desde la libertad y desde la humildad de saber, de sentir y de transmitir que somos parte de un todo, y no el todo en sí.

Por lo tanto, nuestro papel más bien debería de ser y consistir en ser aceptadores serenos e incondicionales, haciéndoles ver a estos niños y niñas del futuro, que cuentan con los recursos y con las posibilidades que necesitan para ser quienes quieran ser y deseen ser. Es así por lo que resulta principal y fundamental el que nos interesemos honestamente por sus cosas, asegurándonos siempre y en toda manera de que cada día disponen del suficiente tiempo libre para jugar y para disfrutar, dejando por lo tanto que se aburran sin caer en la pantalla del ordenador, dándoles así muchas posibilidades y oportunidades para poderse conectar con la Naturaleza y con los otros humanos, y no humanos (plantas, minerales...) que habitan este y otros planos no conocidos de la realidad, y aún no suficientemente explorados y que muchas veces se nos escapa por no estar atentos y ser personas observadoras y sintientes.

Para que los niños y las niñas del futuro puedan construir un mundo mejor, antes tienen que tocar y sentir con sus pies la tierra y el suelo que pisan, tienen que caminar descalzos, tienen que tocar y se tienen que manchar, tienen que desordenar y desobedecer, y tienen, sobre todo, que explorar el mundo a su alrededor... para así poder construir el universo que crean y que sueñan. Si esto no lo hacen se limitarán a simplemente copiarlo desde la obediente sumisión que les impongamos, dejándose entonces a sí mismos y a sí mismas por el camino.

Seamos por lo tanto facilitadores, y no unos meros adiestradores. Devolvamos a nuestros hijos y a nuestras hijas lo que por derecho les pertenece: su conexión con la Tierra de la que son hijos e hijas legítimos. Su legado es el nuestro, y su vivencia y experiencia será lo que luego hará posible, y con el tiempo, una mayor conexión con el centro de nuestro corazón y con la esencia misma de lo que en sí es la vida misma.

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