martes 18/1/22

Cine en cántabru

Hoy sabemos más que nunca, que el cine es un medio de dominación y manipulación de las élites sobre la masa

Han pasado ya más de cien años desde que por primera vez el ser humano comenzó a experimentar la costumbre de sentarse en una butaca y contemplar algo que está sucediendo en una pantalla. A esa experiencia le llamamos cinematógrafo o más comúnmente, cine. El cine nació alrededor del siglo XIX (patentado el 13 de Febrero de 1894) con los hermanos Lumière. El invento permitía entonces la exhibición y el visionado de una superposición de fotografías en formato de bobina y fabricadas en celuloide, al tiempo que proyectadas a través de una linterna eléctrica.

Tras diversas presentaciones en sociedades científicas se procedió a su explotación en la primera sesión exhibida para un público comercial, como primer espectáculo de pago el 28 de Diciembre de 1895 en París. Concretamente en el Salon Indien del Grand Café, en el Boulevard des Capucines. Tras ello pasaran a continuación a exhibir y a grabar en las calles y en las plazas, las escenas cotidianas y domésticas del día-a-día, siendo en un principio las imágenes de la pantalla en blanco y negro, y no reproduciéndose al principio ningún tipo de sonido.

Ha llegado el momento de descubrir cómo ha influido el cine en el mundo del ser humano moderno. Y así podemos empezar diciendo que lo primero que sucede es que la persona se sienta en su butaca, y se pone a ver la película y la experiencia del cine, pues todo es un acuerdo tácito entre el vidente (el que ve) y el director de la película; por la cual la persona va a hacer que se cree que lo que va a ver en el cine es real. Y todo a cambio de vivir una serie de experiencias y momentos, que no son otra cosa más que imágenes: heroísmo, la lucha por el amor, la virtud, la soberbia, la valentía, etc., etc. Explicaba Rodríguez Vidales que las series tienen un gran poder de seducción sobre nosotros a través de sus tramas, sus mensajes y sus personajes, pues pueden llegar a moldear nuestros gustos, opiniones y comportamientos; la mayoría de las veces sin que nos demos cuenta.

Y en efecto, así es, pues esta manipulación no es nueva, ya que desde hace mucho tiempo se practica en el cine (el cine fomenta gustos y forma de ser y de vivir de la gente), y se ha visto con gran asombro que es muy eficaz. Y si a esto le añadimos que la posibilidad de dividir una historia en capítulos permite un desarrollo mucho más largo sin perder la atención del espectador, y que los personajes de una serie y sus mensajes entran en nuestra vida y permanecen con nosotros durante meses, e incluso años (no solo durante hora y media); no cabe duda de que su capacidad de influencia e influenciar en la sociedad es mucho mayor de lo que nos podríamos en un principio imaginar.

De hecho, la cultura de masa no es otra cosa que el producto de una dialéctica producción-consumo, y todo ello en el centro de una dialéctica global, que a su vez es la sociedad en su totalidad. Por lo tanto, vemos el cine como un mediador de esta dialéctica en el seno de la sociedad. Por lo tanto, la masificación y la “rebañización” del cine funcionan como una “magistral red” para el consumismo, despertando así necesidades en la masa que busca en la adquisición suprimir los deseos y las realizaciones abstractas.

Hoy sabemos más que nunca, que el cine es un medio de dominación y manipulación de las élites sobre la masa

Por lo tanto, y en consecuencia, hoy sabemos más que nunca, que el cine es un medio de dominación y manipulación de las élites sobre la masa. Y esto no es un sorprendente descubrimiento, como tampoco, y ni mucho menos, una simple especulación o elucubración. Es una realidad más que de sobra divulgada, sabida, difundida y experimentada. Un ejemplo trágico fue, por ejemplo, el de Johnny Weissmüller (nadador olímpico y actor del personaje de “Tarzán de la Selva”), que tras el éxito de sus películas quedó años después hospitalizado en un psiquiátrico por desórdenes mentales mientras gritaba el famoso grito que lo lanzó a la fama.

Pues bien, al cine en España le ha pasado eso: que ha estado al servicio de una lengua, en este caso el castellano. Y no pocas veces (la mayoría) ha dejado de lado otras realidades lingüísticas, como, por ejemplo, le ha sucedido al cántabru. Pues ni siquiera cuando se comenzó a ver por primera vez la televisión en España (Octubre de 1956), y entonces tan solo había dos canales de televisión, ni una sola vez se mostró o visionó una sola película en cántabru; cuando en esa época la mayoría de la población de Cantabria hablaba cántabru sin tan siquiera tener conciencia de ello. ¿No es esto vergonzoso?

Cuando, por ejemplo, en Junio de 1976 se estrena “El Jayón”, de Concha Espina, la entonces TVE no tiene reparos en silenciar el cántabru de una manera ignomiosa y vergonzosa, dejando así y bien a las claras cual es el tipo de sociedad que entonces se desea mostrar y dar a conocer a una población. Población que una vez es manipulada y dirigida mendiante políticas de ingeniería y conductismo social, y de lo cual apenas se informa y habla, y que “para más inri”, ni tan siquiera se molestan en ocultar y/o disimular.

¿Y acaso no sabemos que desde hace muchos años los directores que dirigen películas y grandes obras se forman en universidades “prestigiosas”, las cuales están cada vez más ideologizadas y al servicio de una causa? ¿Por qué no se habla de esto en la televisión y en la prensa? ¿Por qué se silencia y se consiente la aniquilación de una cultura (en este caso del cántabru) en el cine?

¿Y entonces qué ha sucedido para que cada vez más ciudadanos recelen del estabishment oficial anti cántabru que no es capaz de representar ni tan siquiera la memoria colectiva de un pueblo? ¿Cómo es posible tanta ignorancia, oscurantismo, desconocimiento, inconsciencia, torpeza, y omisión? ¿Acaso no tenían en los años cincuenta los que hacían posible la televisión pública oídos para ver y boca para hablar? ¿Y acaso no la tienen ahora, después de que casi ha pasado un siglo de aquella primera experiencia?

Por iniciativa de las nuevas élites (las de antes y las de ahora) el mundo españolista rompió drásticamente con su historia, con su cultura, con los usos, y con las costumbres que siempre han caracterizado su forma de ser y de hacer durante siglos. La demonización del pasado, la constante aceptación de lo último, de lo más reciente, o bien la moda más chic, son hoy la única guía para un ciudadano sometido a constantes bandazos y manipulaciones.

El trauma de la Primera Guerra Mundial marca el arranque de las transformaciones dramáticas de la sociedad, de la política y de las creencias

Un cambio estructural muy profundo sacudió al mundo Occidental durante el siglo XX, apartándolo así radicalmente de los principios y de los valores que predominaban hace un siglo. El trauma de la Primera Guerra Mundial marca el arranque de las transformaciones dramáticas de la sociedad, de la política y de las creencias; si bien el cambio definitivo no se produce hasta ya entrados los años 60 y 70. En donde, por iniciativa de las nuevas élites, Occidente abjura de su historia, de las enseñanzas de los antepasados, de ciertos hábitos, y también de los conocimientos sociales acumulados por la experiencia de siglos.

Desde entonces el arte del engaño y de la manipulación se va adueñando progresivamente de las mentes y de los corazones, incorporando así paulatinamente al acervo cultural de la “modernidad”, estructuras y realidades que no tienen identidad y forma, identificación y analogía.

El mal está ya hecho, y las culturas minoritarias y/o amenazadas sufren por partida doble ese ataque a sus entrañas más vulnerables, que por un lado tiene a los nuevos Estados-Nación que se perpetúan en el abuso y en el desdén hacia y sobre los territorios de la periferia (a los cuales imponen y amedrantan con sus “condiciones de estado”); y por el otro lado están las hordas del Nuevo Orden Mundial con sus medios de comunicación (televisión y radio principalmente), que lanzan sus proclamas a través de las ondas manipulando y trastocando la verdad de los hechos y de los acontecimientos con veleidades y afirmaciones que ni son históricas, ni tampoco fidedignas.

Por todo ello no pocas veces la ciudadanía cántabra navega muchas veces desorientada, y también no pocas sin nada a qué aferrarse, avergonzándose a veces de su pasado, de sus símbolos, de sus personajes, de su historia, y claro… también de su lengua; que no la ve representada en una pantalla de televisión o en el cine. Y empujada por sus pésimos dirigentes entregados a un Estado depredador, ocurre que se debate entre la autocensura que impone la corrección política, el sentimiento de culpa, el miedo a peligros imaginados, la infantilización, el hedonismo, y el conformismo ante el omnipresente paternalismo estatal, que claro, como no podía ser de otra manera; se expresa en castellano... anulando así su capacidad de reacción y crítica, pensamiento y elevación de conciencia.

Por tanto, y para que esta situación no se vea prolongada en el tiempo (pues es contra natura), es por lo que se hace necesaria una inversión de los papeles que hasta ahora se han dado, y que se han sucedido a la  hora de llegar al gran público a través de una pantalla de televisión. Es por ello que se hace necesaria la conformación de un frente que emita, produzca, y ruede películas en cántabru, paso este que es de vital importancia a la hora de dignificar nuestra lengua y su futuro; erradicando así los sentimientos de vergüenza y culpa colectivas que previamente (y que tan hábilmente) han sido implantadas en las mentes sencillas e inocentes de nuestro pueblo.

Se trata, en definitiva, de recuperar nuestra conexión con el pasado y con nuestros ancestros, restaurando así ese difícil equilibrio entre los nuevos conocimientos y las nuevas formas de hacer que se mostraron tan eficaces a lo largo del tiempo, y también en los momentos más difíciles de nuestra reciente historia como pueblo y sociedad compactada.

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