sábado 25/9/21

El castellano que jamás nació en Cantabria

Los textos de Valpuesta son un siglo anteriores a las glosas riojanas, que en realidad no pueden ser consideradas como castellanas, sino más bien propias del habla riojana, aunque hayan podido aparecer algunas voces euskéricas.

Una vez escribió nuestro genial Manuel Llano: “La sinceridad es la que hace las vías largas y perdurables, el único cimiento eterno de las cosas. No subsiste lo que no es sincero”.

Nadie en su sensato y sano juicio puede decir que ama a Cantabria, si luego va por ahí, y por el mundo, manipulando la historia de sus gentes; y se afirman sandeces e incongruencias del estilo, por ejemplo: “El castellano nació en Cantabria”. Cuando estas cosas suceden, habría que preguntarse: ¿A quién o quiénes sirven verdaderamente estas personas que se atreven a realizar tamañas manifestaciones de sorprendente incultura y naturaleza?

El castellano, como su propio nombre indica, nace en Castilla, en las tierras del hoy Noreste de Burgos que lindan con Álava

El castellano, como su propio nombre indica, nace en Castilla, en las tierras del hoy Noreste de Burgos que lindan con Álava (las crónicas musulmanas citan siempre juntas Álava y al-Quila); lugar donde desde hace tiempo se están rastreando sus primeras manifestaciones escritas: los Cartularios de Valpuesta. Este lugar (Valpuesta) de apenas 10 vecinos, englobado dentro del municipio de Berberana (situado al abrigo de la Sierra de Árcena), es una de las últimas estribaciones sureñas de la zona Oriental de la Cordillera Cantábrica. Y, curiosamente, este territorio (hoy enclavado dentro del Valle de Valdegovía), antaño formó parte de la Cantabria Histórica.

Que esta circunstancia se haya producido hace mucho tiempo en las tierras de la antigua Cantabria (y en tierra poblada por cántabros), y en unos tiempos en los que anteriormente ya se hablaba cántabru en estos territorios, ello no es indicativo, ni tampoco sirve como excusa; como para afirmar alegremente que el castellano nació en Cantabria. Pues parecería que el castellano nace en lo que hoy es o se conoce por el nombre oficial de Comunidad Autónoma de Cantabria. Y esto no es cierto. Porque entonces tendríamos que aclarar y remarcar, que el castellano se nutría entonces, no solo de la lengua cántabra (luego progresivamente castellanizada), sino también de su propia evolución, y hasta de préstamos que ya entonces le empezaban a venir del riojano, del aragonés y del vascuence; como se ha demostrado y es harto evidente para los lingüistas.

Pues mucho antes de que naciera Castilla (los célebres versos del poema de Fernán González, a mediados del siglo XIII nos recuerdan: “Entonce era Castiella un pequenno mojon…”), ya entonces existía Cantabria. Pues el nombre de Castilla (la “Castella Vetula” o Vieja) aparece documentado por primera vez en el año 800 como territorio fronterizo oriental del reino asturleonés, el cual estaba expuesto a continuas y periódicas incursiones arabo-norteafricanas; al pertenecer el territorio futuro castellano a los reyes astur-leoneses desde ya prácticamente el siglo VIII, y en donde, lógicamente, aún no se hablaba con soltura el castellano. Y es que, como se sabe, el castellano era entonces un conglomerado disperso y anárquico de una suma dispersa y variopinta de diversos dialectos; circunstancia que es común en prácticamente casi todas las lenguas del mundo.

¿Acaso no sabemos que desde prácticamente el reinado de Alfonso I (siglo VIII) se promovió la defensa de estas tierras levantando castillos, pero ante todo, el lugar sería repoblado con gentes de diferentes proveniencias: cántabros, asturianos, leoneses, occitanos…? ¿Y acaso no sabemos de qué ya antes de que Castilla tuviera reyes, ya tenían los leoneses leyes?

Ese “que no hay nada”, da buena idea del respeto que ha levantado siempre nuestro patrimonio lingüístico autóctono

En Valpuesta se levantó un monasterio (verdadera iglesia catedral visigótica a comienzos del siglo IX, y construida a partir de una emita del año 804) en los albores de la Reconquista y, a la sombra de sus muros, unos monjes amanuenses escribieron el cartulario más antiguo de la Península Ibérica del que se tiene noticia hasta ahora. Y según se deduce de opiniones y apreciaciones de acreditados paleólogos y filólogos, no hay otros documentos con testimonios escritos en romance castellano que sean anteriores a las actas más antiguas del cartulario viejo de este monasterio de Santa María de Valpuesta.

De hecho, los textos de Valpuesta son un siglo anteriores a las glosas riojanas, que en realidad no pueden ser consideradas como castellanas, sino más bien propias del habla riojana (que aún entonces estaba absolutamente impregnada de multitud de terminología celto-berona, o incluso navarro-aragonesa (que no vasca), aunque hayan podido aparecer algunas voces euskéricas. De hecho, el franciscano alavés Saturnino Ruiz de Loizaga (especialista en Paleografia, Diplomática y Archivística, con más de treinta años de experiencia en los archivos del Vaticano), ha contrastado en paciente labor dos tipos diferentes de caracteres gráficos en Valpuesta (el primitivo gótico, y el posterior galicano o francés) utilizados entre los siglos IX y XII.

En ellos se observa una ausencia de terminología euskérica, al tiempo que una abrumadora presencia de voces y términos que provienen de la esencia celta. En este caso, de la castellana antigua y de la cántabra primitiva: “matera” (madera), “andadura”, “novillo”, etc.

Con todo, y, sin embargo, existe un tópico historiográfico, y que es el que ha pervivido hasta hace pocos años (sin más apoyatura científica que el argumento de autoridad y la costumbre), que señalaba a Cantabria como la cuna del idioma castellano; el cual tenía por razonamiento la curiosa teoría de “por eliminación”. El razonamiento, dado a conocer el pasado siglo, se basaba en esta sorprendente y curiosa aseveración: “Como las lenguas en España van de arriba a abajo, y en Galicia no puede ser que naciera porque tienen galaicoportugués, en Asturias no puede porque tienen bable, y en Vascongadas tampoco porque tienen el vascuence… tiene entonces que ser en Cantabria, que no hay nada”.

Ese “que no hay nada”, da buena idea del respeto que ha levantado siempre nuestro patrimonio lingüístico autóctono (de adscripción leonesa y no castellana, como ya se sabe y es de sobra conocido) entre, y sobre todo, (pues todo hay que decirlo), las “élites intelectuales” santanderinas (algunas implantadas y venidas de fuera) al servicio y cobro del Estado Español anulador y centralizador.

Pero, ¿quiénes son realmente esos intelectuales? Gentes que adquirieron mucho conocimiento como para entenderse a sí mismos, y así encubrir aquello que no pueden hacer, y que de hecho no hacen. El desapego de los intelectuales de los valores universales comenzó a resultar patente tras la Primera Guerra mundial. En “La Trahison des Clercs” (1927), el filósofo francés, Julien Benda, criticaba contundentemente a los intelectuales de su época por su peligrosa e inaceptable deriva. La civilización, según Benda, solo es posible cuando los pensadores ejercen una oposición firme al oportunismo político y a las concesiones trapaceras de corto plazo, manteniendo y defendiendo siempre los principios universales.

Sin embargo, es absurdo, al tiempo que filológicamente imposible decir, que en Cantabria surge una lengua (castellana) que se expande hacia el Sur, y que luego, como por arte de magia (y en su “cuna”), se deje de hablar, para posteriormente ser sustituida por otra; que además es más arcaica: cántabru < asturleonés. ¿Acaso no vemos como aún al día de hoy, los topónimos de la zona de Valdegovía (y que no han sido vasconizados, pues jamás ha sido este territorio de habla euskérica) son indudablemente célticos, y más concretamente de raíz celto-cantábrica?: Tobalina, Zadornil, Mioma, Carria, Valderejo, Herrán, Castro, Purón, Sendeja, Berbea, Cantón, Gurendes, Mota, Cueto, Muena, Rasa, Barrio, Mata, Pero…

Para ampliar más información leer aquí:

https://depriendi.wordpress.com/2009/06/04/el-castellano-en-cantabria-i/

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