lunes. 04.07.2022

Los pasos se abrían entre la gente, apresurada. Las sirenas se perdían entre los coches. El mundo había vuelto a girar. Aquellos aplausos se hicieron silencio. Mientras, en los sanitarios aún persiste el ruido de quien convive con la pesadilla diaria. “Durante el confinamiento parecía que había una ola de generosidad y apoyo. Duró muy poco. Pronto se olvidó todo lo que habíamos pasado. La gente sigue enfermando, muriendo completamente sola. Pero ya no nos acordamos. Es muy triste”, se lamenta una enfermera del Hospital Sierrallana.

Esos “héroes” a los que pusimos capa y antifaz seguían siendo de carne y hueso y sus trajes de batalla quedaban lejos de ser los pintados en el imaginario de los más pequeños, a la misma distancia que lo hacían de ser efectivos. Les otorgamos “superpoderes” cuando necesitaron ayudas. Falta de EPIs, materiales de trabajo, recursos humanos…, ahora a esta larga lista se añade una atención psicológica que muchos precisan tras más de dos años de pandemia y que no solo afecta a su vida laboral. “Nos hemos entregado al 100% en nuestro trabajo pero además hemos dejado nuestra salud al servicio de la comunidad”, afirma Carmen, enfermera.

Según datos de una macroencuesta del Consejo General de Enfermería (CGE), dos tercios de las enfermeras han sufrido episodios graves de ansiedad durante la pandemia. Se trata de un “desgaste emocional” que, como ellos mismos afirman, convive con los sanitarios desde el inicio de la pandemia, pero que ya venían cargando el peso a sus espaldas desde años atrás. “Cuando crees que las cosas empiezan a mejorar, pasa algo... Otra ola, campaña vacunación, brotes, etc. Tengo la sensación de agotamiento extremo, depresión y aislamiento. Intentas ser positiva, pero es muy difícil”, relata otra profesional de la salud.

Carmen es enfermera y ha necesitado tratamiento psiquiátrico y psicológico durante un año. Pero este no es un caso aislado, al igual que ella, más compañeros han sufrido las consecuencias psicológicas de quien está al frente de una virus arrasador como este y que “por primera vez en su vida” han necesitado de medicación para dormir. Se trata de la otra cara de la pandemia, que se traduce en bajas laborales no cubiertas por “la falta de personal” y que también sufren los propios afectados, como Claudia, ante la celeridad de volver al mundo laboral. “Me sentí muy poco valorada como profesional, y en el momento de estar de baja por enfermedad me sentí presionada en tener que incorporarme en mi puesto de trabajo aunque no estaba recuperada ni física ni mentalmente”.

“Cuántas noches mentalmente he comenzado a repasar mis movimientos suplicando por no haber cometido ningún error para no contagiarme y contagiar a mi familia"

Ansiedad, cansancio extremo, estrés, fatiga, insomnio, la mayoría de los enfermeros afirman padecer o haber padecido alguno de estos síntomas, incluso ya han pasado a ser un compañero indeseado del día a día. “El cansancio físico creo que no nos ha abandonado nunca. Y el estrés tampoco. El no poder desconectar pasa factura”, afirma Elena. Algo que también tiene sus consecuencias en el ámbito familiar y social: “Llegas a casa tan cansada que no te apetece hacer nada, por lo que dejas de salir, de hacer actividades y eso conlleva un aislamiento social”, sostiene otra sanitaria del hospital de referencia del Besaya. Pero el día sigue, y cuando cae la noche la cabeza repite una y otra vez fotogramas que impiden conciliar el sueño, buscando no encontrar un despiste que les condene al virus, o vuelva a condenar –pues muchos han caído reinfectados-: “Cuántas noches me he acostado y mentalmente he comenzado a repasar mis movimientos al retirarme el EPI, suplicando por no haber cometido ningún error para no contagiarme y contagiar a mi familia, pensando en aquellos pacientes que fallecían cada día solos, pensando en si al día siguiente tendríamos EPIs para todas…”, recuerda otra compañera.

Además, desde la gestión sanitaria, afirman, no han notado un refuerzo de los servicios psicológicos para sus propios empleados, “y el margen de mejora era infinito, pero seguimos igual o peor”, afirman. “Eso en ningún momento les ha importado”, relatan al tiempo que dicen sentirse “olvidados por completo”, no así entre compañeros, donde la solidaridad ha sido la gran aliada “sacando tiempo de dónde no lo han tenido”. 

“Trabajar con enfermos es siempre duro, ya lo era antes de la pandemia”, sostiene Pedro. Pero dos años dan para mucho, y las imágenes de las que redes sociales y medios de comunicación se han hecho eco ellos las tienen grabadas en su memoria. Ver morir a la gente tan sola, como recuerda Irene, se repite entre lo peor para los sanitarios, algo que ha calado hondo en su salud mental. Pero el “egoísmo”, la “falta de consideración”, la “carga asistencial” o el sentirse “abandonados tanto por la dirección de los centros sanitarios como por el Servicio Cántabro de Salud” engrosan los estragos del covid en ellos. “No han tomado medidas ni para evitar contagios dentro del hospital ni para asegurar una buena asistencia sanitaria. Y eso ha aumentado el estrés en el trabajo”, afirman.

“La pandemia nos ha cambiado a todas. Algo dentro de nosotras se ha roto para siempre"

Pero la pandemia no ha afectado solo a la salud mental sino también a la vocación y al amor por la profesión, y reconocen que “la pandemia nos ha cambiado a todas. Es un cambio posiblemente no apreciable a simple vista. Pero algo dentro de nosotras se ha roto para siempre". El 46,5% de los enfermeros españoles ha reconocido que medita dejar la profesión debido a la situación "insostenible" que ha aumentado por la COVID-19, así lo constatan las conclusiones que se han extraído de la encuesta que ha realizado el Consejo General de Enfermería (CGE).  

“Me lo llevo planteando desde el primer día que me puse el uniforme. Y la respuesta es sencilla: las enfermeras son brillantes desde el punto de vista académico. Y ni su sueldo ni su consideración social, en términos generales, alcanzan el nivel que merecen”, afirma Pedro. “Somos una profesión indispensable para la sociedad. Pero desde las instituciones no nos han dado el valor que tiene la profesión. Y eso se ha comprobado en estos años”, sostiene Elena. “Estuve a punto de abandonar y no lo descarto todavía. No es por el exceso de trabajo, porque siempre hemos trabajado muchísimo. Pero la presión es muy fuerte”, subraya otra compañera.

En cuanto a los cambios para cuidar la salud mental de quien nos cuida y ofrecer una atención al paciente con las máximas garantías todos coinciden en lo mismo, una implicación de las instituciones y direcciones de los centros, que se utilicen los recursos económicos con responsabilidad, más personal y equiparar el ratio enfermera-paciente a los estándares europeos. “Somos uno de los países que mejor prepara tanto a médicos como a enfermeros. Pero el ratio enfermero/ paciente es el mismo que el de los países subdesarrollados. Es prácticamente un milagro que ofrezcamos cuidados de calidad a nuestros pacientes y solo es posible por nuestra dedicación y nuestro esfuerzo diario”, afirman.

Una carga asistencial y unas deficiencias en el sistema sanitario que están afectando de manera negativa al reconocimiento del trabajo, aunque es algo que “viene de atrás”. “Al final, quién pone la cara somos los que estamos de cara al público o "a pie de cama" como decimos nosotros”, sostienen. Aunque hay gente que los valoraba positivamente y de los que reciben mucho cariño, afirman, “la mayoría de la gente no valora la labor de los profesionales sanitarios”, subraya Paula. “Nosotras, las enfermeras, somos personal altamente cualificado y no nos valoran como merecemos. Y hablo del poco reconocimiento por parte de la administración, de las direcciones de nuestros hospitales pero también por parte de las familias de los pacientes. Es vergonzoso lo que tenemos que soportar día a día… maltrato y faltas de respeto grave por parte de familiares y acompañantes. Gente que seguramente salía a aplaudir a sus balcones todos los días. Eso ya se lo llevó el viento”, sostiene otra enfermera. 

¿Y el final del túnel?, “no le vemos”, afirma Paula. La pandemia continúa y sus consecuencias en la salud mental cada vez son mayores entre quienes son la columna vertebral del sistema sanitario.

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