jueves 15/4/21
UN AÑO DEL ESTADO DE ALARMA

“¿Me habré contagiado esta vez?”: 365 días de COVID-19 vistos a través de los ojos de los sanitarios cántabros

La mirada de los sanitarios es, sin duda, el retrato más fiel de una pandemia que les ha cambiado la vida
Los sanitarios son uno de los sectores más afectados por las consecuencias psicológica de la COVID-19
Sanitarios

Hay unos ojos que dieron vida ajena y quitaron la propia. Que fueron refugio para pacientes y prisión para ellos mismos. La mirada de los 365 días de COVID a través de los sanitarios es, sin duda, el retrato más fiel de una pandemia que les ha cambiado para siempre. Un 14 de marzo de 2020, la vida pisó el pause, pero ellos no pudieron. A partir de ese momento había que ganársela desde un hospital y los sanitarios empezaron a ser, sin pretenderlo, los “héroes” de una película de terror en los cuales los extras depositaron todas sus esperanzas. Pero ellos no eran actores, ni guionistas. No eligieron serlo, un director con autoridad de sobra y cuyo nombre lleva atormentando a la sociedad desde hace un año lo decidió por ellos. Esos fueron los requisitos de su casting. “Ahora hace un año, vivimos una experiencia profesional que ha marcado un antes y un después en nuestra carrera”, repasa echando la vista atrás Nuria, sanitaria cántabra.

“Todo eran conjeturas e incertidumbre por lo que el miedo era constante"

“El ser enfermeros en época Covid-19 no nos ha dado tregua, ni tan siquiera detrás de la puerta de nuestro hogar”, comenta Laura, enfermera en Sierrallana. Miedo, incertidumbre, inseguridad, ansiedad, estrés y decepción, son las palabras que más se repiten entre los sanitarios cántabros cuando vuelven la mirada atrás y recuerdan, con escalofríos, lo vivido durante los largos meses de la primera ola. Pero siempre “apoyándonos unos a otros”, señala Elena, algo que se convirtió en motor humano para no perder nunca el “modo alerta” con el que vivieron 24 horas al día. “Todo eran conjeturas e incertidumbre por lo que el miedo era constante, y si a eso le sumas la improvisación y la falta de medidas de protección del personal sanitario, el resultado no pudo ser otro que un cóctel mólotov”, cuenta Laura.

La ya mencionada improvisación se convirtió en enfado por “la omisión de funciones de jefes y dirigentes políticos, poniendo en peligro la vida y la salud nuestra y de nuestras familias. No solo nos faltaban los elementos de protección debido a la situación de desabastecimiento general en el mercado sanitario mundial, sino que además estábamos sin termómetros, tensiómetros, oxímetros y pulsiómetros, material de fácil suministro como demostramos los trabajadores comprándolo en las farmacias de la zona”, recuerda Paulino. 

Durante un tiempo además de sanitarios fueron productores, fabricantes y diseñadores de nuevas “prendas” que poco tenían que ver con las que requerían en esos momentos. “Todos los días íbamos al trabajo con la duda de qué tocaría ponerse esta vez, las bolsas de basura, los plásticos que nos dejaban chorreando de sudor a los dos minutos o tendríamos la gran suerte de poder utilizar algo que parecía llamarse EPI”, afirma Sara. Y, a la salida del turno llegaba el momento de la gran duda: “¿Me habré contagiado esta vez?”, se preguntaban. “Me sentí totalmente desprotegida, era una sensación de desnudo, a veces casi literal. Y para colmo, teníamos que leer cómo gerentes decían que “no nos había faltado de nada”. Mientras, compañeras, amigas, familiares, vecinas, conocidas... se pusieron a coser bolsas y sacos de basura sin tregua para que tuviéramos un mínimo de protección en el trabajo”, recuerdan.

Sanitario con bolsa de basura para protegerse del COVID durante la primera olaSanitario con bolsa de basura para protegerse del COVID durante la primera ola

"Llegaba a casa del trabajo y me esperaba un balde con lejía a la entrada para el calzado. Entraba en casa y directa a la ducha"

La vida personal también sufrió las consecuencias de su exposición directa al virus, y tuvieron que tomar medidas drásticas para proteger a los suyos. Algunos como Paulino pudieron hacer un aislamiento dentro de su domicilio. “Temíamos por nuestras familias. Yo me mudé sola a la habitación de mis hijas. Llegaba a casa del trabajo y me esperaba un balde con lejía a la entrada para el calzado. Entraba en casa y directa a la ducha. La ropa a la lavadora. Ya después podían besarme o tocarme”, relata Nuria. Otros como Elena tuvieron que irse a vivir fuera de su círculo familiar, lo que le proporcionó mucha tranquilidad y menos estrés emocional aunque eso supuso aumentar la carga familiar a otras personas cercanas. 

Oír a los pacientes respirar con ese ahogo constante, ver su desamparo en el aliento final, sus ojos vidriosos buscando un consuelo, cómo morían solos o escuchar a los familiares al otro lado del teléfono llorando, unido a esa falta de material, ha sido y es lo peor a lo que se han enfrentado. “No se olvida nunca”, cuentan. Con realidades muy duras, en las que veían todas las caras de la enfermedad y acompañaban al paciente en todo su proceso hasta, en los peores casos, su muerte, han tenido que convivir todo un año. “Entrar en una primera ronda y que el paciente te contara lo solo y triste que se encontraba y volver en una segunda y que ese mismo paciente ya no pudiera responderte” o el ver cómo “tenías que juntar a viudas en la misma habitación que acababan de perder a sus maridos por Covid sin que nadie pudiera acompañarlas en su duelo” se convirtió en una pesadilla traída a la realidad.

También ha habido momentos de satisfacción entre tanto sufrimiento. Dar el alta a pacientes positivos que lo habían pasado mal, el calor de los familiares, amigos y compañeros, ver cómo más que nunca la fuerza del trabajo en equipo era imparable o el agradecimiento de los pacientes les dio las fuerzas que necesitaban para paliar ese dolor emocional. Aunque, siendo optimistas y mirando al futuro, esperan que lo más satisfactorio este aún por llegar.

"Estoy en tratamiento psicológico con una terapeuta y no me veo con fuerzas para la reincorporación”

Como no podía ser de otra manera todas estas experiencias pasan factura, y dicen estar subidos en una “montaña rusa emocional” desde hace un año. El cansancio se ha apoderado de ellos, además de la ansiedad, insomnio y tristeza. Incluso hay quien ha tenido que recurrir a ayuda para dormir y relajarse cuando llegaban a sus casas. A ello se han sumado los cientos de sanitarios contagiados en el ejercicio de su trabajo, que como María del Carmen han estado a ambos lados de la barrera, formando parte de esa incansable muralla sanitaria y venciendo la batalla al COVID. “A día de hoy estoy de baja desde que enfermé de Covid en septiembre. Estoy en tratamiento psicológico con una terapeuta y no me veo con fuerzas para la reincorporación”, afirma.

La conciencia social ha sido otro de los condicionantes fundamentales para hacer frente al virus. Entre los sanitarios, diversidad de opiniones en cuanto al comportamiento de la sociedad, porque aunque, afirman, “no se puede generalizar”, hay veces que el comportamiento de unos pocos empaña el buen hacer del resto y eso suscita el enfado entre los que se juegan la vida. “Desde el comienzo de la pandemia cuando veía gente infringir las normas me lo tomaba como algo personal y eso también me ha afectado mucho emocionalmente”, afirma María del Carmen. A otras sanitarias como Inés les venían a la mente las imágenes del hospital lleno y el miedo a volver a pasar lo mismo

Ahora, un año después de que España se paralizara, las vacunas ponen la gota de esperanza que la sociedad anhelaba desde ese 14 de marzo de 2020, “pero es solo el punto de partida, aún queda mucho camino por recorrer para ver el final del túnel”.  

“Seguimos en pandemia, la gente sigue ingresando por Covid y muriendo de ello. No nos relajemos”

“Con la pandemia han aparecido esas frases de salvar el verano, salvar las Navidades, salvar la Semana Santa, cuando lo que debería primar es el salvar vidas”, afirma Laura ante la llegada inminente de la Semana Santa. Los sanitarios cántabros recuerdan así que seguimos en pandemia, no hay que bajar la guardia ni relajar medidas y emplazan a la sociedad a aprender a disfrutar de otra manera, protegiendo a los seres queridos. “Seguimos en pandemia, la gente sigue ingresando por Covid y muriendo de ello. No nos relajemos”, pide Elena.

Si hay algo que tienen claro es que no sienten reconocido su trabajo y que queda mucho todavía para conseguir una sanidad fuerte y con unas condiciones laborales adecuadas. “Durante la primera ola puede que se reconociera nuestro trabajo por parte de la sociedad por la situación que vivíamos pero pasado el tiempo volvemos a estar igual”, afirman mientras piden que “el reconocimiento a nuestro trabajo y precariedad laboral se tienen que materializar en mejoras reales”. “Hay que cuidar al que cuida”, sentencia Sara.

Más dinero para la Sanidad en los presupuestos generales; equiparar sueldos entre comunidades; atender a las recomendaciones de la OMS en cuanto al ratio enfermero/paciente –aquí es es uno de los más altos de Europa-; menos temporalidad en los contratos; o acabar con la falta de personal y las cargas excesivas de trabajo son algunas de sus reivindicaciones tras un año en el que se ha puesto de manifiesto las carencias que había en muchos ámbitos, especialmente el sanitario. “Estaría bien que los altos cargos que deciden cómo organizar el funcionamiento de las instituciones sanitarias se dieran un paseo por las distintas unidades y vieran lo que realmente se necesita”, afirman.

Así han sido los últimos 365 días en los ojos de los sanitarios cántabros. Así han sobrevivido a 24 horas al día de presión. Y así intentan volver a recomponerse para enfrentar lo que les llega. Vivencias que no podrán borrar ya de sus memorias pero que anhelan se conviertan en pasado pronto. “No nos podemos permitir otra ola”, sentencia Ana.

Comentarios