lunes. 26.09.2022
MEMORIA

85 años de la caída de Santander

Las trincheras defensivas republicanas son de juguete frente a las bien construidas que tienen enfrente
Las trincheras defensivas republicanas son de juguete frente a las bien construidas que tienen enfrente

De forma sorpresiva, en las elecciones de 1936 ganaron las izquierdas  en lo que entonces era provincia de Santander. Cierto que por margen escaso de votos, produciéndose la consabida división. En  los núcleos industriales ganaron las izquierdas, mientras el mundo rural mantuvo fidelidad a los grupos derechistas mancomunados con las fuerzas vivas que los mantienen bien atados ideológicamente. Los caciques mantuvieron la soga entre ganaderos y agricultores. El 18 de julio, fueron diversos los errores y la descoordinación de los mandos militares de la ciudad, por lo que hicieron posible que la provincia se mantuviera fiel a la República integrando lo que se dio en llamar Frente Norte.

Cartel llamando a una ofensiva para Euskadi
Cartel llamando a una ofensiva para Euskadi

Poco antes del estallido de la guerra, el tres de junio de 1936, un falangista asesina a Luciano Malumbres, mientras toma un café y juega la partida en lo que hoy es el bar Tívoli de Santander. Malumbres, admirado periodista, director de la Región, coordina junto a su compañera Matilde Zapata un periodismo de crítica y hostigamiento a los poderes facticos de la provincia.

Incorruptible y honesto, Malumbres, es muy apreciado por la población de izquierda cántabra. Con esa misma fuerza le odian los adversarios a los que ataca sin piedad. Es posible, que con su muerte, la contienda civil da comienzo en Santander, antes que en el resto de población española. Su muerte será vengada al momento por  los compañeros de mesa que persiguen al agresor dándolo muerte poco después impidiendo con ello, conocer quién o quienes impulsaron el crimen. El falangista había venido de Madrid, en lo que tuvo todas las características de ser un crimen político bien preparado.

Historiadores indican que la II Guerra Mundial comenzó en nuestro país que sirvió de laboratorio y experimento para las fuerzas nazi/fascista

El verano caluroso de 1937 va hacia el despeñe del Frente Norte. Ha caído Bilbao demostrando que el cinturón de hierro, forjado con la idea de hacer inexpugnable la ciudad, se ha doblado ante el furor de las fuerzas fascistas tan bien pertrechadas como mal estaban en el bando legal.

Los alemanes utilizaron la guerra civil española como ensayo general para la otra que intuían próxima y definitiva para la expansión de sus ideas e intereses. Historiadores indican, con acierto a mi criterio, que la II Guerra Mundial comenzó en nuestro país que sirvió de laboratorio y experimento para las fuerzas nazi/fascista. Las democracias europeas, se inhibieron en la defensa de nuestro país, demostrando con ello  la postración servil, ya que no supieron identificar al fascismo en España. Habían doblado la rodilla con Austria y ahora que el Fürer preparaba la demolición de Polonia quiso probar su Legión Cóndor demoliendo y destruyendo ciudades plenas de gente inocente que padecían pero no participaban de la contienda. El pueblo mártir de Guernika, de Durango y los sucesivos bombardeos que padeció  Santander además de los ametrallamientos desde el aire, le dan la pauta para volcar su afán expansionista en Polonia cuando de golpe los europeos abrieron los ojos en un despertar marcado por la bota militar nazi.

Los alemanes utilizaron la guerra civil española como ensayo general
Los alemanes utilizaron la guerra civil española como ensayo general

El día 24 de agosto, cae Torrelavega, sin apenas resistencia. El Frente Norte está agotado, diezmado por el desgaste que produce tener enfrente un ejército regular bien pertrechado y ejecutando órdenes precisas, apoyando los avances terrestres con la fuerza aérea que bombardea y ametralla las posiciones terrestres. El ejército del norte se ha formado con las resmas que quedaron de la sublevación, con militares, muchos de ellos, quintacolumnistas que trabajan para el enemigo, pasando planos, tergiversando planes de ataque y organización. El grueso de las fuerzas republicanas, son milicianos sin apenas formación militar, incluso  con carencias políticas y sociales. Hay quejas de los mandos porque algunos de los milicianos abandonaban la trinchera para la cosecha o la siega, porque el hambre y la penuria en la retaguardia apretaban casi más que las balas.

Las trincheras defensivas republicanas son de juguete frente a las bien construidas que tienen enfrente. Las tropas faciosas han embolsado al ejercito republicano en la parte sur de Cantabria, y se acercan peligrosamente a la ciudad de Santander.

No hubo batalla en Santander. No hubo defensa de la ciudad. Se entregó por agotamiento, hambre y desaliento

En los últimos momentos,  se mantienen  fuerzas defensivas en Peña Castillo, pero  en cuanto sienten los blindados y motorizados italianos, huyen en desbandada atenazados por el derrotismo que abate no solo al ejercito sino a toda la población además de que las noticias que llegan del gobierno nacional no son alentadoras.

En el gobierno central se turnan derrotistas intelectualizados como Azaña, depresivos, convencidos de la fatal derrota como Indalecio Prieto y personajes de escasa magnitud para momentos de guerra como Largo Caballero y un desorden y desorganización que hará del desaliento costumbre. El gobierno ha huido de Madrid dejando a la capital al albur de defenderse por si misma y falta un alma gallarda que lidere el drama que se desarrolla en un país asolado.

En Santander se concentran alrededor de 100.000 huidos de Euskadi, entre ellos el gobierno de José Antonio Aguirre, que fija su residencia en una casa cercana al faro de Cabo Mayor, cerca del hipódromo. Los gudaris han recibido orden de no unirse a los milicianos  que siguen la lucha porque perdido el territorio vasco no tienen  interés de batirse por otras zonas que nunca sintieron suyas. Aguirre negocia con los italianos buscando un pacto que salve al grueso de su ejército de las garras fascistas, importándole solo salvar a sus gudaris consiguiendo un pacto salvador. A esas negociaciones se les llamó el Pacto de Santoña… y aún hoy siguen doliendo.

José Antonio Aguirre, primer lehendakari del País Vasco
José Antonio Aguirre, primer lehendakari del País Vasco

A Franco no le interesan ni los pactos ni salvar vidas. Quiere ahogar la disidencia en un mar de sangre purificador que dome para siempre cualquier veleidad izquierdista o democrática. Como demostrará durante toda la guerra, busca la eliminación del enemigo, purgar el territorio de toda persona que no comulgue con su escaso ideario uniformizando una patria a su antojo. Pudo hacer una guerra rápida, evitar baños de sangre (de los suyos, también) pero no quiso, para desesperación de italianos y alemanes que le apremiaban el ataque. Jamás entendieron sus aliados que no golpeara definitivamente Madrid en el 37 virando las tropas hacia Toledo con el fin de “liberar” la  falsa pantomima del Alcázar y labrar una mentirosa historia que ha trascendido hasta hoy. Franco quería sangre, sangre de los “rojos” cuanta más mejor porque así le resolvían el trabajo posterior.

Las tropas de Aguirre no pelearon por Santander, el lendakari salió de la ciudad en el Negus, avión del gobierno vasco, hacia Francia y sus gudaris (salvo honrosas excepciones) guardaron el armamento. Con esos antecedentes no es de extrañar que los milicianos que defendían la ciudad huyeran abandonando armas y marchando hacia una  destino desesperado y desorientado.

Muchas familias huyeron de sus hogares ante los bombardeos y la amenaza del ejército de Franco
Muchas familias huyeron de sus hogares ante los bombardeos y la amenaza del ejército de Franco

Los sonidos de guerra han despertado a los santanderinos los últimos días de agosto con un fragor cada vez más cercano y potente. Hace varios días que no hay agua y poco después la luz desaparece en las noches ciudadanas, convirtiendo a sus habitantes en fantasmas hambrientos y sedientos, que solo quieren que todo  acabe. Los quintacolumnistas van saliendo de las madrigueras con el sabor dulce de la venganza en la boca. En algunos casos no aguantan la espera y deciden disparar contra milicianos que huyen o caen en la calle agotados, desaliñados y hambrientos. Los guardias de asalto, cambian su chaqueta ideológica al momento, no tanto por convencimiento como por utilidad. Hay unos ochenta guardias civiles que han estado agazapados esperando el momento de poder desgranar el odio y la violencia contra las izquierdas. En los barrios ricos de la ciudad, esos que jamás temieron a las bombas porque los facciosos han tenido cuidado en la selección, ondean poco a poco las banderas rojigualdas. Siempre fueron los barrios obreros los barridos por las bombas y metralla de la aviación alemana. A horas donde la huida era más compleja (de noche, a altas horas de la madrugada o al mediodía en día festivo como en el aciago 27 de diciembre, cuando  nueve trimotores Junkers Ju-52 de bombardeo, escoltados por nueve biplanos de caza Heinkel H-51, dejaron su metralla justo al mediodía y en el mercadillo que se formaba en el Barrio Obrero y aledaños). Más de cincuenta personas perecieron, entre ellos varios niños. La gente enloquecida ante la masacre, esa misma tarde tomó revancha en el barco prisión Alfonso Pérez, dejando un reguero de muertos de más de 150 personas que se encontraban detenidos en el barco. Este terrible suceso, forma  parte del oprobio que la historia nos lanza a la cara a quienes defendemos la legalidad republicana.

Daños causados en el ataque a Santander
Daños causados en el ataque a Santander

En ese final de agosto,  queda poco por hacer. La moral está tan minada, el desorden de la ciudad roza el caos, con tiroteos, abandono de armamento, hambre y miedo, mientras en los muelles de la ciudad se agolpan alrededor de cien mil personas, entre los vascos que quieren salir y la población de toda Cantabria, que se ha dado cita frente al mar en espera de un barco para salir del infierno que se intuye.

A Santander se acercan cuatro divisiones italianas que  avanzan desde Peña Castillo, con 60.000 hombres y 20.000 tropas moras de regulares, requetés, legionarios y los guardias civiles que se han unido, adentrándose parte de ellos por la parte alta de la ciudad camino del Sardinero, mientras otra parte del ejército invasor atraviesa el centro de la ciudad.

El mando del Frente Norte de Santander lo tiene el general Mariano Gamir Ulibarri, y la jefatura civil, Juan Ruiz Olazarán. El primero ha sido antes jefe del frente vasco y se ve sobrecargado por la inminente derrota. No supo aguantar, ni le ayudaron los que debían, al menos unos días más que hubieran permitido  a la gran masa de huidos poder embarcar o llegar a la vecina Asturias con el fin de salvar la vida. En el puerto donde la gente se agolpa con ansias locas de salir, se escuchan tiros, algunos dirigidos hacia el vecino  que lleva ventaja, otros dirigidos hacia sí mismos.

Puertochico de Santander
Puertochico de Santander

Cuenta Eulalio Ferrer, que un amigo, Paco Quintana, poseedor de una pequeña gabarra se la dejar para  que sirva en la huida de tres amigos, Cilio San Emeterio y Miguel Aguado, además de Ferrer. Se juramentan antes de subir a la pequeña embarcación  que si la gabarra es interceptada por el Crucero Canarias -apostado en el Cantábrico daba caza a los huidos- uno de ellos mataría a los otros, dejando el último tiro para sí mismo. Ferrer y los compañeros llegan a Pauillac, puerto cercano a Burdeos, donde él torna a Cataluña con el fin de seguir luchando, mientras los demás continúan viaje. Poco después son apresados por el Canarias, cumpliendo con el juramento que hicieron antes de salir. A Ferrer la noticia de la muerte de sus camaradas le deja sin aliento en el frente catalán. Fue Miguel Aguado, el que ejecutó la orden y el último en morir.

A las cuatro de la madrugada del día 26 de agosto, que amanece caluroso, después de trece horas de deliberaciones para saber quién, y como se haría la rendición, esta es encomendada al teniente de asalto, Francisco Delgado Recio. Años más tarde, contaría los detalles de la misma, en entrevista con José Ramon Saiz Viadero, para su libro La guerra civil en Santander. A las seis horas del día 26, el batallón Littoro del Fiane Nero y el XX 14 de marzo, entran en Santander. Franco ha consentido al Duce que se tome revancha de la humillación sufrida en Guadalajara cuando el ejército republicano puso en huida al italiano, mejor pertrechado y con más hombres.

No hubo batalla en Santander
No hubo batalla en Santander

No hubo batalla en Santander. No hubo defensa de la ciudad. Se entregó por agotamiento, hambre y desaliento. Y la traición de una cantidad ingente de quintacolumnistas.

Los moros acamparon al final del Alta, en lo que aun hoy sigue llamándose, para nuestra vergüenza, calle del General Dávila. Los italianos desfilaron festejando su gloria, por el Paseo de Pereda junto a requetés y quintacolumnistas hasta el Sardinero. La plaza central de la zona, sigue llamándose Plaza de Italia, en honor del ejército del Duce.

A pocas horas de la entrega, miles de milicianos caminaban cabizbajos  hacia la plaza de toros escoltados por falangistas sedientos de sangre y venganza. Allí los concentraron en espera  de distribuir  la carga humana. Muchos fueron directos al paredón, otros, dilataron la muerte, semanas o meses, en los campos de concentración creados para el momento. Otros sufrieron la pesadilla de largas condenas y esclavitud. Las cifras de presos oscilan de 50.000 hasta 70.000, de los cuales, más de 30.000 eran vascos, el resto cántabros/as.

Los medios recogían las noticias de los juicios tras la caída de Santander
Los medios recogían las noticias de los juicios tras la caída de Santander

Las fuerzas vencedoras pasaron el testigo a los falangistas para que con el  amargo sabor de la venganza,  dispusieran de potestad para incautar y ejecutar a cualquiera que hubiera tenido veleidades republicanas, aunque no fueran de izquierda ni tuvieran cargos. Los juicios eran sumarísimos, sin garantía ninguna para los reos. En poco menos de diez minutos se despachaban condenas a muerte cada día tiñendo los muros del cementerio de Ciriego de sangre inocente. Al resto de la población una nube de miedo, silencio y desapego, les sumía por años. De eso se trataba, porque el terror sembrado por los ganadores era premeditado.

En el Ateneo Popular, mientras tanto, se producía una orgía. Los falangistas que habían entrado en la casa de la cultura, lanzaban con regocijo por las ventanas los libros que encontraban, entre ellos, los Episodios Nacionales de Pérez Galdós. La hoguera que los esperaba en la calle Pedrueca, devoró los libros como hubiera devorado al mismísimo Galdós de no haber sido piadosa la muerte con él.

A todo ello siguió un largo túnel de oscuridad y letargo del cual aún no hemos salido del todo.

Agradecimiento a la exposición del MUPAC sobre el Frente Norte y los conferenciantes que han sido extraordinarios/as. Así como a la documentación aportada por Esteban Ruiz en su libro Cantabria, voces de la República y de la Guerra Civil.

A José Ramón Saiz Viadero, mi agradecimiento por tanto que necesitaría mil folios para decirlo.

Al abuelo Juan, a la abuela Modesta que lo vivieron y supieron contármelo para crearme conciencia y memoria. Siempre van en mi corazón. A Tasio, el tío abuelo que quedó en una zanja de Vizcaya con solo diecisiete años, ideales y un corazón que no supieron romper porque trascendió.

85 años de la caída de Santander
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