miércoles 28/7/21
HISTORIA

Viaje a la patria de Abraham

Sanliurfa, junto a la frontera Siria, es un dragón que duerme, custodiando su tesoro. Pocos lo conocen. Mejor así.
La mezquita de Mevled-I-Jalil, junto a la cueva en la que nació Abraham | Foto O.L.
La mezquita de Mevled-I-Jalil, junto a la cueva en la que nació Abraham | Foto O.L.

EL PEOR ENEMIGO DEL VIAJERO

“El peor enemigo del viajero no es la diarrea, ni siquiera el terrorismo. Es el taxista”, pensé, al escuchar la exagerada tarifa del último taxi disponible, ya de madrugada, en el pequeño aeropuerto de Sanliurfa, Turquía. A Omar, su conductor, le habían tocado los ojos mogoles, la baja estatura y el bigote ralo en la tómbola de genes que un tropel de invasores ha ido esparciendo por Anatolia a lo largo de los siglos. Y también, la  inclemencia mogola. A regañadientes, tuve que aceptar el abuso. Malditos taxistas.

NO SE AMONTONEN, CONQUISTADORES, HAY SITIO AL FONDO

En el trayecto hasta el hotel, bajo ese deslumbramiento que produce estrenar lugares largamente imaginados, pensaba qué magia esconde esta ciudad varias veces milenaria, para haber sido deseada y arrebatada por tantos sangrientos conquistadores: después de los hurritas, hititas y asirios, llegaron los griegos de Alejandro, que la llamaron Edesa, y con ese nombre era un enclave armenio cuando se la disputaban partos y romanos. Luego fue poseída sucesivamente por sasanidas, bizantinos y árabes, estos últimos expulsados por los primeros cruzados, que establecieron aquí un condado al mando de Balduino de Bolonia. Duró un soplo, de nuevo arrancada, en 1144 por los seljúcidas. Luego vino Gengis Khan, el destructor. Y, por fin, los otomanos…

DE CIUDAD DE LAS MIL Y UNA NOCHES A REINA DEL ALGODÓN

Urfa, ahora renombrada como Sanliurfa (la Gloriosa Urfa), pasó en unos pocos años de ser un soñoliento testigo de los tiempos de Las Mil y una Noches a multiplicar exponencialmente su población –un millón de habitantes– gracias al gigantesco embalse Ataturk, en el río Éufrates, cuyos regadíos convirtieron este polvoriento rincón de Mesopotamia en uno de los mayores productores de algodón turco.

Pero la ciudad vieja aún se arremolina en torno a las paredes de una cresta de roca, coronada por un imponente castillo mameluco. En su parte baja, horadada por cientos de antiquísimas viviendas trogloditas, se encuentra la cueva en la que, un guía local en busca de clientes, me asegura nació Abraham.

La Cueva en la que nació Abraham | Foto: O.L.La Cueva en la que nació Abraham | Foto: O.L.

TAMBIÉN ABRAHAM NACE DONDE QUIERE

“Pero ¿Abraham no nación en Ur de Caldea?”. 

“La patria de Abraham es esta Ur(fa), y no la Ur de Irak. No solo lo dice la tradición musulmana. También muchos eruditos” asevera.

Así debe ser, porque peregrinos venidos de todas partes del islam hacen cola para llegar a la pequeña cueva en la que, hace casi cuatro milenios, nació el patriarca que fundamenta las tres religiones monoteístas. 

A la salida, me topo con el mismo Abraham, reencarnado en un barbudo de aspecto venerable. Posa para los peregrinos a cambio de unas liras ¿Sería tan buen comerciante el original? Sin duda, mejor: Abraham fue el único hombre que consiguió sellar un acuerdo comercial con Dios para obtener la propiedad de la tierra prometida. 

PROHIBIDO COMERSE LAS CARPAS SAGRADAS

Junto a la cueva, Gölbaşı es un hermoso conjunto de mezquitas y madrasas que se alternan entre un vergel de jardines, y dos estanques con peces sagrados. Dice la leyenda que, cuando el rey local Nemrod ordenó quemar a  Abraham en una pira por haber destruido los ídolos de su templo, Alá convirtió las llamas en agua y la leña en carpas. La gente las alimenta, pero que nadie se atreva a comérselas, porque se volvería ciego.

El estanque de los peces sagrados junto a la Mezquita Halil Rahman | Foto: WikipediaEl estanque de los peces sagrados junto a la Mezquita Halil Rahman | Foto: Wikipedia   

Alimentando a los peces sagrados | Foto: O.L.Alimentando a los peces sagrados | Foto: O.L.

Apenas salí de allí, Omar, el taxista que había conocido en el aeropuerto, debía estar apostado esperándome. De pronto, lo encontré a mi lado, siguiéndome en su taxi. “Cliente gran precio”, repetía. Malditos taxistas. Lo malo es que necesitaba un coche para llegar a Harran, la cercana ciudad en la que, según la Biblia, Abraham residió hasta la muerte de su padre Teraj, a la edad –atención genetistas– de 205 años, momento en que, por mandato divino, partió en busca de la Tierra Prometida. 

Muchachas en los jardines de Gobasi | Foto: O.L.Muchachas en los jardines de Gobasi | Foto: O.L.

EL MISTERIOSO DIOS DE LA LUNA

Harran, hoy un pequeño pueblo en medio de un mar de ruinas, con sus pastores-contrabandistas y sus granjeros resucitados gracias al milagro del regadío, atesora también milenios de historia. Aquí, en el 53 a.C. los partos derrotaron a los romanos y ejecutaron a su general, el triunviro Creso, vertiéndole, según se dice, oro fundido por la garganta como castigo por su avaricia.  

Antiquísimas viviendas de barro en Harran | Foto: WikipediaAntiquísimas viviendas de barro en Harran | Foto: Wikipedia 

Un templo dedicado a Sin, una deidad inmemorial  –y masculina– de la luna, que regía el conocimiento y la fertilidad, se levantaba aquí, sostenida por los sabeos, extraña comunidad de adoradores-astrónomos, que perduró hasta el siglo XI. La luna creciente, que hoy identifica a todo el mundo árabe, tiene su origen en esta deidad. Y se cree que, como residente de Harran, Abraham se llevó a Palestina ese culto pagano, del que parecen quedar rastros en el primer monoteísmo judío.

CORAZÓN DE MOGOL

De regreso a Urfa, quise saber si el desplome económico por el que pasa Turquía afectaba a la región, y pregunté a Omar. “Grandes problemas”, respondió, en su inglés telegráfico. “Muchos sirios aquí y poco trabajo. Vida muy cara”. Entonces, empecé a pensar que al menos, el sablazo que me había propinado en el aeropuerto iba a estar bien empleado. 

La luz del atardecer sobre las descarnadas llanuras prometía una puesta de sol espectacular, y propuse a Omar tomar un té en una terraza de la carretera. Cuando me interesé por su familia, me enseñó una foto de sus hijas. Tres guapas niñas de ojos rasgados posaban, como las piezas de una matrioska, delante del taxi. Encontré unas chocolatinas en la mochila, y se las entregué, para ellas. No tenían valor, podían conseguirse en cualquier supermercado, pero por la mirada que me devolvió Omar supe que había tocado su recio corazón de conquistador mogol, y había ganado un amigo.

Una calle comercial junto al bazar | Foto: O.L.Una calle comercial junto al bazar | Foto: O.L.

EL ALMA DE LAS FRONTERAS

Los temblores del terremoto interminable que sacude Oriente Medio llegan hasta Urfa, a 40 kilómetros de Siria y, hoy como hace mil o dos mil años, aún mantiene, entre kurdos, árabes, turcos y yoruk bajados de las montañas, esa vibrante atmósfera de las ciudades de frontera. Siempre a caballo entre reinos poderosos y enfrentados, y a la vez punto neurálgico de la Ruta de la Seda, la riqueza de los comerciantes de Urfa era legendaria. Por el laberinto de calles cubiertas del antiguo bazar, entre las vaharadas de kebap a la parrilla y el martilleo de los artesanos, hasta hace bien poco los camellos salían de los caravanserais, hoy reconvertidos en cafés frecuentados por ancianos de mostacho y pantalones salwar, mujeres tribales con pañuelos multicolores y árabes tocados con la kefiya. 

Mujeres en el bazar de Urfa | Foto O.L.Mujeres en el bazar de Urfa | Foto O.L.

Artesanos en el bazar | Foto: O.L.Artesanos en el bazar | Foto: O.L.

¿UNA CARTA DE JESUCRISTO?

En el casco viejo de Urfa, entre mansiones típicas de Oriente Medio, con sus ventanales elevados sobre grandes ménsulas de piedra y patios secretos llenos de vegetación y frescor, quedan dos iglesias –aunque hoy convertidas en mezquitas– de las muchas que hubo en la ciudad.

Porque Urfa-Edesa fue también la capital de Osroene, un pequeño reino armenio, pionero en adoptar el cristianismo. Eusebio, historiador de la Iglesia del siglo IV, aseguró haber encontrado en los archivos reales de la ciudad una carta de Abgar V, un monarca contemporáneo de Cristo, dirigida a éste. Abgar padecía una enfermedad incurable, y habiendo oído hablar de los milagros del Mesías, envió a su archivero y pintor Hannan a Galilea con la misiva, en la que le suplicaba que viniese a sanarle. Jesús respondió mediante otra carta –al dictado– explicando que su misión le impedía viajar a la ciudad, y añadiendo la promesa de enviar un discípulo para curarle, labor realizada con éxito por Tadeo de Edesa años más tarde. 

Hannan no solo volvió a Edesa con la respuesta, sino que además confeccionó un retrato de Jesús, conocido como el Mandylion. La pintura que se conserva en el Vaticano ha sufrido tantas desapariciones seguidas de milagrosos rescates a lo largo de los siglos, que promete ser tan falsa como la leyenda a la que pertenece. Parece que ésta fue fabricada hacia el siglo III, por intrigas políticas. Pero es el aterrizaje final, en lo creíble, de las historias maravillosas, lo que les confiere su verdadero valor.

El supuesto retrato de Cristo del Mandylion | Foto: WikipediaEl supuesto retrato de Cristo del Mandylion | Foto: Wikipedia

PROMISCUIDADES TEOLÓGICAS

Como puede apreciarse, la religión y la espada siempre marcaron el destino de Urfa, a fecha de hoy, ciudad Santa del Islam. En sus mejores tiempos, durante los primeros siglos del imperio bizantino, era una de las pocas fronteras abiertas entre Oriente y Occidente, y al calor de la riqueza económica, una legión de teólogos y filósofos venidos de todas partes del mundo mezclaba creencias helenísticas, mesopotámicas, persas e incluso hindúes, con una libertad y un gusto por la herejía que rayaba en lo delirante. 

El sitio de la Urfa Bizantina por los musulmanes | Foto: WikipediaEl sitio de la Urfa Bizantina por los musulmanes | Foto: Wikipedia

Por poner algunos ejemplos, la secta de los Elkasitas aseguraba que Jesucristo se reencarnaba cada cien años. Los Marcianistas, por su parte, habían descubierto que Jesús era enemigo de Yahveh, de modo que los buenos del antiguo testamento eran ahora malos, y personajes como Caín o los habitantes de Sodoma, estupendos muchachos, beatos o santos. Los Mesalianos despreciaban la cruz y la divinidad de la Virgen, y los Carpocratianos llegaron a la conclusión de que el creyente alcanzaba la libertad tras olvidar la diferencia entre el Bien el Mal. 

En medio de tal festival de disputas y discusiones teológicas, el cristianismo oficial parecía una aburrida secta de mediocres sin imaginación. No es de extrañar que, en medio de este caos, el gobernador de la ciudad y sus notables fueran pillados in fraganti, en pleno siglo VI, ofreciendo un sacrificio a Zeus. Nada como volver a las viejas costumbres cuando el exceso de innovación agobia.

UNA ODISEA TERRESTRE

La época en que se supone vivió Abraham coincide con la irrupción de bandas de migrantes que hablaban lenguas semíticas y se desplazaban desde Mesopotamia hacia el Mediterráneo, destruyendo ciudades y reinos a su paso. Los anales egipcios los llaman Habiru (hebreos?) y los describen como gente marginal y difícil de controlar. Los habiru, recién llegados al actual Israel y, por tanto sin tierras, pastoreaban sus rebaños, eran buhoneros y mercaderes o se enrolaban como mercenarios para los reyes locales hasta que, finalmente, empezaron a asentarse y crear pequeños reinos.

De existir, Abraham habría sido un importante jeque habiru –trescientos dieciocho servidores instruidos, dice la Biblia que habían nacido en su casa– dueño de rebaños y vidas, cuya odisea, en una travesía de mil kilómetros, finalizó con la ansiada posesión de una tierra prometida entre “Entre el gran río de Egipto y las orillas del Éufrates”.

ABRAHAM PATH

La ruta del patriarca que une las tradiciones de musulmanes, cristianos y judíos, atraviesa una región repleta de etnias y devastada por enfrentamientos seculares. Ante la necesidad de encontrar motivos para la concordia y la cooperación, una organización norteamericana sin ánimo de lucro propuso una iniciativa llamada Abraham Path, que ha sido avalada por fundaciones culturales y turísticas de ámbito internacional, y entidades como National Geographic o Lonely Planet. La idea es construir un camino que repita la ruta de Abraham, desde Sanliurfa, su lugar de nacimiento, hasta el Neguev, donde murió (aunque su supuesta tumba está en Hebrón, Cisjordania), con un ramal que también llega hasta su otra presunta patria en Ur, Irak. 

Turquía, Siria, Irak, Líbano, Jordania, Palestina, Israel y Egipto van habilitando poco a poco tramos de la ruta, para que pueda ser recorrida fácilmente –aunque hoy solo entre conflicto bélico y conflicto bélico– por cualquiera que lo desee.

MALDITOS TAXISTAS

El último día de mi estancia en Urfa pensaba volver al aeropuerto en autobús, pero lo perdí. Y, apurado de tiempo, llamé al número de móvil que me había dejado Omar. En unos minutos se presentó, con toda su familia, compactada en el asiento trasero. Era una tarde de domingo, y se la había tomado libre.

Tras dejarme en el aeropuerto, se negó en redondo a aceptar que le pagase. “Amigos no pagan”, dijo. Y no hubo manera. Al menos, encontré en mi equipaje algunos dulces más para sus hijas. Y le di un abrazo. Malditos taxistas. Con éste casi se me saltan las lágrimas.
 

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