sábado. 03.12.2022

El mejor museo de arte clásico del planeta se encuentra en el fondo del Mediterráneo. Pero Poseidón, ese viejo cascarrabias que desdeña a los humanos, solo a regañadientes libera alguno de sus tesoros.

Eso fue lo que sucedió una noche, en 1997. El pesquero Capitan Ciccio, con matrícula en Mazara de Vallo, Sicilia, faenaba en el Canal de Sicilia, un estrecho de 150 kilómetros que separa la isla mediterránea de la costa de Túnez. Al vaciar las redes, entre pulpos, gambas y bacalaos, apareció un objeto extraño: una pierna humana izquierda, de tamaño algo mayor que el natural, en bronce.

“No des parte a las autoridades y devuélvela al mar”, le propuso algún marinero al patrón,  Francesco Adragna. “Solo nos traerá problemas”. Pero Adragna que, como se verá, era un siciliano de una pieza, dijo que no.

UNA KASBAH EN ITALIA

Mazara de Vallo es una pequeña ciudad de 50.000 habitantes volcada en la pesca, cuyo laberíntico casco viejo recuerda demasiado a una kasbah norteafricana para ignorar su cercanía con Túnez. No es de extrañar que platos como el cuscús con pescado abunden en sus restaurantes, o que más de 3.000 tunecinos residan en la ciudad. 

                                                                                                                     Mazara de Vallo

Desde que, hace tres mil años, los fenicios establecieron aquí una colonia, no ha dejado de llegar gente: griegos, romanos, musulmanes, normandos, aragoneses, borbones y Habsburgo respectivamente, que ahora han cedido el turno a los inmigrantes africanos.

TODA PIERNA TIENE UN CUERPO

La aparición de la pierna de bronce delataba la existencia de un pecio, probablemente con un rico cargamento. Y la inveterada indiscreción italiana ya había difundido la noticia entre colectivos interesados: cazadores de tesoros, mafias de antigüedades y arqueólogos submarinos. En esta última categoría, Robert Ballard, el afamado descubridor  del Titanic y el acorazado Bismarck, acababa precisamente de excavar un barco romano hundido en esa misma zona el verano anterior, de modo que era muy probable que quisiera repetir la experiencia. Las autoridades culturales italianas, siempre recelosas ante la dispersión de tantas obras maestras romanas en museos extranjeros, veían con desesperación que la caza del tesoro podría haber empezado, y se encontraban en una situación de impotencia. Primero, porque el hallazgo se había producido en aguas internacionales, y no podían reclamar su jurisdicción. Y, además, porque Ballard contaba con la marina norteamericana para realizar sus prospecciones.

Efectivamente, la caza había comenzado. Pero con lo que no contaba ninguno de los poderosos competidores, era con la tenacidad de Francesco Adragna, patrón del Capitan Ciccio.

OJOS DE ALABASTRO

“Sentía una premonición, una fantasía, de que íbamos a encontrarlo”, explicaría Francesco Adragna más tarde. El patrón se había aplicado en arar cada noche, con sus redes, los fondos del canal en la misma zona en la que había encontrado la pierna. Y, un año más tarde, la noche del 4 de marzo de 1998, contra todo pronóstico, Poseidón soltó, de mala gana, su presa. La grúa elevaba lentamente las redes mientras Francesco hablaba por radio desde el puente. Un par de ojos de alabastro, relucientes bajo la luz de los focos, le observaban desde proa.

Entre las capturas, había un torso de bronce, cubierto de fango, que perdió el único brazo que le quedaba al izarlo con la grúa. “No digas nada y devuélvelo al mar”, le dijeron unos. “No informes, y en el mercado negro nos forramos”, escuchó a otros. Pero Adragna, una especie de John Wayne siciliano, no hizo caso. Dio inmediatamente parte a las autoridades y, al llegar a puerto, ya les estaba esperando la responsable gubernamental de Antigüedades de Sicilia, mientras el ministro de Cultura italiano, Walter Veltroni, volaba hacia Mazara. 

UNA DANZA DESENFRENADA

Tras una cuidadosa restauración, que incluía insertar en el tronco la pierna encontrada anteriormente, la iglesia de San Egidio, en Mazara, se reconvirtió como museo para albergar la escultura. Se trataba de una obra maestra del arte helenístico: un sátiro danzando en el éxtasis de la borrachera, el gesto enajenado, los brazos abiertos y el torso y la cabeza doblados hacia atrás, mientras los cabellos flotaban en el aire. 

UNA COPIA MODERNA DE LA CABEZA DEL SATIROUna copia moderna de la cabeza del Sátiro

La danza que interpreta el sátiro, en honor a Dyonisos, conocida como sikinni a través de las obras de Aristófanes, está representada con una gracia y una sensualidad que, en opinión de los expertos, solo podía provenir del taller de Praxíteles, uno de los hitos de la escultura griega del siglo IV a.C. Aunque la proporción de plomo presente en el bronce no hace descartable una magnífica copia romana del original griego entre los siglos III y II a.C.

ÉXTASIS

Cuando la escultura se contempla en directo, uno no puede resistir esa conmoción interior que solo el genio suscita. Con el tronco retorcido, los brazos en extensión y la cabeza caída atrás y a un lado en un gesto de abandono total, el sátiro recuerda a un Cristo crucificado, y el éxtasis pagano del placer se confunde aquí con el éxtasis cristiano alcanzado a través del sufrimiento. Es la misma experiencia, perseguida a través de siglos, drogas y religiones, en la que los opuestos se difuminan y, como si fuéramos dioses, parece que nos es dado vislumbrar, por un instante, más allá de nosotros mismos.

LA IMPRESCINDIBLE COMPAÑÍA DEL FAUNO

¿Quién no ha creído ver alguna vez, por el rabillo del ojo, una presencia fugaz en medio de un bosque? En algún impreciso lugar entre imaginación y realidad, infinidad de testimonios han descrito apariciones de seres de la naturaleza, de los que el yeti es hoy el más conocido. 

Peludos, a menudo con patas de cabra, con rabo o sin él, casi siempre con cuernos y orejas animales o, al menos en punta, y una mirada hechizante, los sátiros nos han acompañado desde tiempo inmemorial. 

Cernunnos, con cuernas de ciervo, era el señor celta de la naturaleza y la fecundidad, del que parece provenir el Busgosu, el sátiro de astures y cántabros, emparentado a su vez con Basajaun, literalmente El Señor de los Bosques, en la mitología vasca.

CERMUNNOS, EL SÁTIRO CELTACernunnos, el sátiro celta

Los sátiros mediterráneos son más juguetones: desconocen el trabajo, aman la música, las fiestas y el sexo, y desarrollan con entusiasmo la labor misionera que su señor Dyonisos les encomendó de difundir las delicias del vino entre la Humanidad.

Animalizados durante la Edad Media para ilustrar los pecados de todo lo que más nos gusta, fueron recuperados de nuevo, por infinidad de artistas, en alegres fiestas libertinas desde la Edad Moderna hasta hoy. Sátiros  –y sátiras, que haberlas haylas–  están ahí para recordarnos la sencilla alegría de pertenecer a esa Naturaleza de la que, una y otra vez, arrastrados por los delirios de la razón, tendemos a renegar. Benditos sátiros. Que no nos falten nunca. 

¿VALE PRAXÍTELES COMO NOMBRE DE BARCO?

En Mazara, ese pueblo grande en el que la gente aún se conoce, la honradez y el desinterés por el protagonismo de Francesco Adragna, que representa justamente lo contrario de un político italiano, lo han convertido en un héroe local. El patrón hace su vida de siempre, ahora con un barco propio que compró gracias a la subvención gubernamental por el hallazgo, y al que ha bautizado como “Prassitele”.

El sátiro, convertido en un referente mundial, reside en Mazara, pero ya ha sido expuesto en los museos de Roma, París, Londres y Tokio. 

Mucho se ha especulado sobre la carga del barco que lo transportaba. Es más que probable que la figura formara parte de un conjunto escultórico destinado a la villa de algún potentado romano. Lo que quede, descansa entre el cieno de la profunda grieta que horada la Canal de Sicilia. En los dominios en los que Poseidón esconde sus tesoros, a salvo de la codicia de los hombres. 


 
 

Comentarios