jueves. 29.09.2022

La Real Academia de la Lengua define el submarinismo como el “conjunto de las actividades que se realizan bajo la superficie del mar, con fines científicos, deportivos y/o militares, entre otros”. Se trata del tipo de buceo más practicado en todo el mundo y ha acompañado al ser humano desde el principio de los tiempos, no en vano existen evidencias de que el buceo en apnea ha sido practicado durante milenios para conseguir alimentos o riquezas (como perlas o coral). Con el paso de los siglos se evolucionó hasta la creación de la escafandra, desarrollada en el siglo XVI y de obligatoria presencia en todas las flotas españolas de la Carrera de Indias desde al menos 1605. Pero el buceo autónomo –sin necesidad de conexión alguna con la superficie– no surgiría hasta el pasado siglo XX. Desde ese momento, el submarinismo deportivo ha tomado la delantera del resto de modalidades, convirtiéndose en un reclamo turístico de cualquier zona costera que se precie. Cantabria no se ha quedado atrás en este aspecto y sus principales clubs de buceo se han puesto manos a la obra para ofrecer a sus clientes las mejores excursiones subacuáticas de la costa cántabra.

Para los buceadores más inexpertos que buscan iniciarse en este mundillo existen dos inmersiones básicas en el marco del Arco de la Bahía: el acantilado del Palacio de la Magdalena y el tramo que une la playa de los Tranquilos con la Isla de Santa Marina.

Península de la Magdalena de Santander
Península de la Magdalena de Santander

La primera no necesita presentación. La península más famosa de la capital cántabra ha enamorado tanto a lugareños como a la propia realeza, que no dudo en hacer uso del magnífico palacio durante sus veraneos de principios del siglo XX. Sus fondos poco profundos (de unos 20 metros, aproximadamente), convertidos en reserva protegida, son perfectos para un bautizo submarino. El fondo está compuesto principalmente por roca formando gran cantidad de cañones y gateras que albergan desde pequeñas fanecas hasta grandes congrios y bogavantes.

La segunda, a pesar de no ser tan conocida para el turista, es un lugar muy frecuentado por los lugareños. En la zona oriental de la bahía, en el municipio de Ribamontán al Mar, se encuentra este paso a la isla más grande de la costa cantábrica. El paso hacia Santa Marina, que cuenta con una pequeña playa en la zona sur, tiene una profundidad máxima de seis metros, lo que hace que la visibilidad sea perfecta para la práctica de snorkel y bautismos de buceo. Su fondo es de arena y piedra, con unas canales longitudinales y paralelas a la costa que permite la proliferación de algas multicolor. Dan cobijo a infinidad de especies, como erizos de múltiples colores, estrellas con diferentes formas, julias, porredanos, bogas, chicharros, pulpos, lenguados, rodaballos y algunas rayas.

Pero Cantabria no es solo para los principiantes. Algunas zonas de la comunidad cuentan con unas condiciones más salvajes, solo aptas para buceadores más técnicos. Si esos mismos submarinistas además son amantes de la historia y los naufragios, ‘la Tierruca’ no los defraudará.

Un claro ejemplo de esto es el Pecio del Río Miera, con una profundidad de 40 metros y una dificultad más bien alta, para la que se requiere un alto dominio de las técnicas de buceo y una buena preparación tanto técnica como de equipo. Sus fondos de arena fina no sólo albergan mucha vida marina (como peces luna, langostas, centollos, congrios, fanecas, etc.) sino también los restos de un pequeño carguero de nombre Mogador, hundido a unas cuatro millas de Cabo Mayor, al oeste de la bahía de Santander. El naufragio tuvo lugar en 1951 y desde entonces se ha convertido en uno de los principales destinos de la costa cántabra para aficionados a este deporte. La popa está semienterrada en la arena y destaca la imponente proa con sus dos anclas en posición de navegación.

Por último, y esta vez alejándonos del marco santanderino, se encuentra el Pecio del Genoveva Fierro. Probablemente la inmersión estrella de la región se encuentra al frente de las costas de Castro Urdiales, en el extremo más oriental de Cantabria, al que se puede llegar en aproximadamente una hora si las condiciones de la mar son propicias. A unos 50 metros de profundidad se encuentra este pecio de 67 metros de eslora en el que no es difícil divisar langostas, congrios, peces luna o incluso delfines. Fue otra embarcación víctima de un naufragio, aunque poco más de un cuarto de siglo antes, en 1925. Es, como el Pecio de Río Miera, una de las inmersiones más complejas que ofrece la costa cántabra debido a las fuertes corrientes y gran profundidad, por lo que sólo es recomendable para submarinistas bien entrenados.

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