miércoles 4/8/21
CANTABRIA

Profesiones y oficios que quedaron en el olvido

Mientras nacen nuevas ocupaciones fruto de la imaginación de los desempleados o a la luz del consumismo y las nuevas tecnologías, muchas maneras de ganarse la vida que fueron emblemáticas en nuestra región se han perdido o están en vías de extinción.

Foto: Ramón Vinyera
El oficio de afilador se fue perdiendo en beneficio de una cultura de usar y tirar. Foto: Ramón Vinyera

La crisis económica iniciada en 2008 provocó que el desempleo se disparara entre “los jóvenes más preparados de nuestra historia”, al mismo tiempo que empresas tanto públicas como privadas procedían a los expedientes de regulación de empleo, recortes de personal, jubilaciones anticipadas, cierres, concursos de acreedores.

Casi una década en crisis – económica, financiera, existencial – ha propiciado que en la actualidad, ya acostumbrados a saber que “los pobres mileuristas” pasaron a ser pobres privilegiados, y asumiendo que las nuevas generaciones vivirán con menos derechos y poder adquisitivo que sus ascendientes, la gente se busca la vida como puede.

El ingenio de quienes necesitan un empleo, la necesidad de quien vive sumido en la precariedad laboral, las nuevas formas de vida y consumo y el desarrollo de nuevas tecnologías han sido factores determinantes en el nacimiento de nuevas profesiones y oficios. ¿Sabían en los 80 qué era un ‘community manager’, un ‘wedding planner’ o un desarrollador de apps?

Pero también quedaron en el pasado muchos oficios y profesiones. Actividades con las que muchas personas se ganaban la vida que ya no existen o se encuentran en peligro de extinción. Los acelerados cambios en la sociedad española del siglo XXI, inevitablemente integrada en la ola del progreso, han enterrado en el olvido profesiones y oficios que hace no tantos años eran esenciales, y que han sido sustituidos por máquinas o se han convertido en innecesarias por las nuevas formas de consumo.

Los acelerados cambios en la sociedad española del siglo XXI, inevitablemente integrada en la ola del progreso, han enterrado en el olvido profesiones y oficios que hace no tantos años eran esenciales

Uno de los oficios más emblemáticos de muchos barrios de España, especialmente confinado en el espacio urbano, fue el sereno. Normalmente varón, fue durante décadas el encargado de vigilar las calles durante la noche y en muchos casos de encender las farolas de gas cuando caía la noche. En muchos lugares poseía las llaves de todos los portales, que abría a todo aquel que lo necesitara durante la noche.

El oficio de sereno, que también existió en algunos lugares de Latinoamérica, se fue perdiendo con la paulatina llegada del sistema de alumbrado público y los porteros automáticos.

Cuando la radio y la televisión aún no habían entrado en las casas de muchos cántabros, sobremanera en el entorno rural, el pregonero llegaba con noticias frescas. El sonido de la corneta de este personaje reunía a los vecinos y vecinas para informarles de los últimos acontecimientos en otras poblaciones o de novedades del propio pueblo. Su origen se remonta a tiempos del Imperio Romano, y durante siglos fue el medio de comunicación y publicidad más eficiente, pero la consolidación de los medios de comunicación de masas provocó su desaparición a lo largo del siglo XX.

Otras figuras que aparecían como indispensables en la comunicación y el transporte del siglo pasado eran los recaderos. Una profesión ejercida tanto por hombres como por mujeres que se dedicaban a llevar mercancías de un lugar a otro ya fuera en carro, bicicleta o a pie. Había grandes negocios que disponían de un recadero exclusivo. Otros más pequeños tenían un recadero en común, o recurrían a recaderos que sin estar asociados a ningún negocio en particular, se movían siempre entre las mismas poblaciones.

La llegada del teléfono y los transportes públicos más avanzados, la extensión de correos o la popularidad de las compañías de envío, así como el abaratamiento de costes en el transporte, relegaron a este oficio al olvido. En la actualidad, la mayoría de bienes pueden comprarse a través de Internet y en unos días recibirlos en la puerta de casa.

De una forma similar fueron desapareciendo los vendedores ambulantes. La venta ambulante fue un oficio tanto de hombres como de mujeres. De hecho, las areneras o  las lecheras estuvieron entre las vendedoras más populares. Unos y otros solían viajar por las distintas localidades en carros llenos de cacharrería, productos comestibles o de limpieza, todo tipo de objetos que se puedan imaginar.

El éxodo rural hacia núcleos urbanos llenos de comercios, y la posterior generalización de supermercados y grandes superficies especializadas dejaron atrás la imagen de estos vendedores y vendedoras.

En lo que respecta al panorama urbano y muy cercano a la venta ambulante, una figura emblemática era el barquillero, que vendía barquillos y transportaba su mercancía en cestas, siempre acompañado de una ruleta en la que los compradores podían probar suerte. Éstos hacían girar la ruleta, y el que obtuviese el número menor, era el encargado de pagar los barquillos de todos los compradores. Esta profesión estuvo extendida a lo largo del siglo XIX y se mantuvo a principios del XX, siendo uno de los últimos y más destacados en nuestra región el barquillero que tenía su negocio en los Jardines de Pereda de Santander. En los últimos años ha habido intentos de recuperación en Madrid, pero no han tenido demasiado éxito.

Sin duda los oficios más perjudicados por las nuevas tecnologías y la globalización económica han sido aquellos relacionados con la artesanía, la creación manual.

Los oficios más perjudicados por las nuevas tecnologías y la globalización económica han sido aquellos relacionados con la artesanía, la creación manual

Un claro ejemplo es la figura del herrero, aquella persona que con su forja, yunque y martillos elaboraba objetos de metal, comúnmente de hierro o acero: herramientas, campanas, armas y artículos de cocina, objetos decorativos e incluso esculturas. Con la llegada de la revolución industrial, el herrero pasó de tener presencia en todos los pueblos a convertirse en una profesión prácticamente desaparecida en los países más desarrollados.

Curiosa y menos conocida figura fue la del colchonero. Hasta la llegada de los colchones de materiales sintéticos, los más comunes en las casas eran los de lana. Este material se apelmazaba con el paso del tiempo, y era necesario llevar el colchón al colchonero. El profesional vareaba la lana para desapelmazarla y dejar el colchón mullido como el primer día.

Oficios en vías de extinción

Incluso aquéllos que nacieron ya en el final del siglo XX recuerdan cómo sonaba la llegada del afilador: aquellos señores, tradicionalmente llegados desde tierras galegas, recorrían las calles de pueblos y ciudades con su bicicleta con la máquina de afilar incorporada en la parte trasera, haciendo sonar una especie de armónica y anunciando su llegada a voz en grito: “Eeeeeel afiladooooor”. Los vecinos y vecinas se acercaban son sus cuchillos y tijeras, pero también muchos afiladores tenían conocimientos en la reparación de paraguas y lo mismo afilaban una navaja que reponían una varilla.

A mediados del siglo XX, los afiladores se empezaron a asentar en locales de grandes ciudades, siendo cada vez menos los que viajaban de pueblo en pueblo. Con la consolidación del sistema capitalista basado en el consumo, el oficio se fue perdiendo en beneficio de una cultura de usar y tirar en la que no tiene cabida el afilar los instrumentos de corte ni reparar un paraguas.  A pesar de que aún pervive algún profesional del afile, es un oficio en vías de extinción.

Hoy no sólo se pierden puestos de trabajo. También desaparecen oficios completos

Aún el siglo XXI ha conocido locales de barberos llenos de espejos con grandes sillones y el regente cortando cabelleras y barbas con una tradicional navaja. Hoy cada vez quedan menos, aunque las últimas modas estéticas han propiciado la apertura de salones muy vanguardistas en algunas grandes ciudades.

Sin embargo, los antiguos barberos no sólo se dedicaban a la peluquería. Remontándonos siglos atrás, cuando los dentistas no existían, los barberos también eran los encargados de ocuparse de la dentadura de sus clientes, e incluso hacían las labores de médicos de la época, tales como vendar úlceras o hacer sangrías. Con la aparición de médicos y dentistas especializados, los barberos se vieron relegados a la barba y pelo de los hombres.

Otro oficio casi extinto es el de limpiabotas. Se trata de personas que trabajan en las calles, encargados de limpiar y lustrar el calzado de sus clientes, generalmente hombres. Se trata de un oficio perdido con el cambio de costumbres. 

Hoy no sólo se pierden puestos de trabajo. También desaparecen oficios completos. Pero, quién sabe, quizá el ingenio popular y la necesidad de ‘reinventarse’ lleven a algunos a retomar profesiones perdidas.

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