sábado 27/11/21

Sobrecoge la idea de que hace cuarenta y dos mil años nuestras tierras ya estuvieran pobladas por individuos con aptitudes para las artes.

Durante el Paleolítico superior (40.000 a.C.), la cornisa cantábrica era lugar de asentamiento de tribus que, abandonando paulatinamente su condición nómada, ocuparon grutas y cuevas donde dejaron constancia, a través de sus pinturas, de la historia viva de la Edad de Hielo.

El llamado “arte parietal”, las pinturas rupestres, adornan aún hoy el interior de multitud de grutas en Asturias, Cantabria y País Vasco. 

Las tonalidades por excelencia son el rojo, amarillo y el negro. Este último nace del empleo de carbón, mientras las dos primeras se obtienen a partir del ocre, un mineral terroso con alta concentración de hierro (de lo que deriva el color rojo). 

Son comunes las escenas de caza, como las que pueden encontrarse en la Cueva de El Pendo (Escobedo) o en la de Hornos de la Peña (Tarriba). A través de este arte de cazadores podemos saber que la fauna de nuestra Península Ibérica en la prehistoria la integraban, entre otros, cabras, caballos, ciervos y, lo más sorprendente, bisontes u osos. 

Cierva y caballo. Cueva de El PendoCierva y caballo. Cueva de El Pendo

Cierto es que la cueva por antonomasia en cuanto a la escenificación de bisontes se refiere es la de Altamira, cerca de Santillana del Mar, pero no le va a la zaga la Cueva de Las Monedas, en Puente Viesgo, donde se representa, además, a otra de las especies hoy extinta: el uro, un bóvido de mayor tamaño que el actual toro y que pasó a la historia en el s. XVI. 

Como anécdota, es curioso que esta cueva toma su nombre del descubrimiento en su interior de unas monedas del s. XV. 

Cueva de las MonedasCueva de las Monedas

Este arte, perfectamente descriptivo por su realismo, se llevaba a las paredes y techos de las cuevas por medio de dos técnicas, principalmente: pintando con los dedos (técnica empleada para la representación faunística) o escupiendo la pintura con la boca directamente sobre la roca. Esta es, lo más seguro, la técnica empleada para dejar la huella de la mano, como la que encontramos en la Cueva de El Castillo, en Puente Viesgo. Los arqueólogos sostienen que, además, nuestros antepasados empleaban pelo de animal atado a un palo a modo de pincel, para difuminar contornos. Tal era su grado de precisión artística.

Mano en la Cueva de El CastilloMano en la Cueva de El Castillo

En esta última cueva se han encontrado también omóplatos de animales donde se tallaron otras figuras. Para tallar, sobre hueso o roca, solían emplear lajas de sílex.

Junto a las anteriores, la Cueva de Covalanas, cerca de Ramales de la Victoria, es también Patrimonio de la Humanidad. Fue descubierta a principios del s. XX y en su interior se encuentran, además de representaciones de ungulados, otros signos y trazos cuyo significado aún no se conoce. No obstante, es uno de los hitos del arte paleolítico europeo.

Cierva en la Cueva de CovalanasCierva en la Cueva de Covalanas

Mucho se ha especulado con el sentido de la decoración rupestre de las cuevas. Para una parte de los entendidos, la figuras de animales se representaban con tanto detalle y realismo a fin de que pareciera que estaban dotadas de movimiento, de alma. Las almas de los animales plasmados en la roca eran ofrecidas por los chamanes de las tribus, que celebraban en el interior de las cuevas rituales a tal efecto, para ganar el favor de la divinidad, a fin de que intercediera para asegurar la prosperidad de las batidas de caza de los miembros de las tribus. 

Quizá fuera más bien la pretensión decorativa, el arte por el arte, lo que llevaba a los hombres del Paleolítico a dibujar en las paredes y techos de las cavidades que habitaban, a tallar figuras en cuernos y huesos, a esculpir en piedra incluso figuras antropomorfas… 

Se puede disfrutar del arte, de sus incógnitas, de su eternidad, visitando Cantabria. ¡No te lo puedes perder!

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