domingo 26/9/21
CANTABRIA

Cariño a domicilio

La cooperativa de atención domiciliaria no sólo cubre las necesidades de decenas de mayores que viven en pueblos apartados, también ofrece trabajo a mujeres desempleadas de la zona.

Las trabajadoras de la cooperativa, Ana Canales (izq.) y María José Colsa (der.), junto a la gerente, Gema Muro
Las trabajadoras de la cooperativa, Ana Canales (izq.) y María José Colsa (der.), junto a la gerente, Gema Muro

Tres ayuntamientos de la comarca del Asón-Agüera -Ramales de la Victoria, Soba y Rasines- impulsaron hace más de dos décadas una cooperativa de ayuda social sin ánimo de lucro, en la que toda la financiación que se obtiene a través de diversas fuentes está dedicada a la sostenibilidad de los proyectos y al pago de los salarios de las trabajadoras.

“Hace 20 años en esta zona no había ningún tipo de servicio de ayuda a domicilio, y las condiciones de las infraestructuras y las comunicaciones estaban mucho más atrasadas”, cuenta Gema Muro, la gerente de la organización, a la que acompaña una trabajadora social municipal. Las necesidades eran todas las que se pueden imaginar. A día de hoy, muchas de ellas están cubiertas, pero la falta de horas continúa siendo un impedimento para que el servicio atienda todas las carencias de las personas mayores de la zona.

“Tenemos una serie de horas anuales concertadas con el gobierno de Cantabria, y a partir del límite establecido es el Ayuntamiento el que paga ese tiempo”, explica Muro. “En la propuesta de convenio para el año que viene hemos solicitado 7.500 horas, mil más de las que tenemos concertadas este año, para poder llegar a más gente y ampliar los horarios de las auxiliares o contratar a más personas”.  Hay que tener en cuenta que en ciertas poblaciones sólo los desplazamientos de un lugar a otro ocupan gran parte de la jornada laboral de las trabajadoras.

Las tareas que las auxiliares deben desarrollar en cada hogar, así como la frecuencia y duración de sus visitas, dependen de las necesidades de cada persona, que se miden a través de factores como su situación física y psíquica o el apoyo familiar con el que cuentan. Hay personas que necesitan ayuda con las tareas domésticas y hay quien necesita una asistencia más psicosocial, de acompañamiento.

Los puestos de trabajo están ocupados exclusivamente por mujeres de la zona en situación de búsqueda de empleo, o que por motivos como la separación o la muerte de un cónyuge se han visto en la necesidad de incorporarse al mercado laboral. Muchas de ellas suelen tener amplia experiencia en el cuidado de mayores. En la actualidad hay ocho auxiliares contratadas que atiende a unos 38 usuarios.

Desde sus inicios la organización se ha centrado en el servicio de ayuda a domicilio, pero hace cinco años amplió sus servicios cuando el Ayuntamiento de Liendo cedió un espacio a la cooperativa para crear un centro de día, donde aquellos mayores en situaciones más delicadas, que no pueden pasar todo el día solos en casa, acuden para estar con otros y a la vez ser atendidos por auxiliares. En el centro de día trabajan tres personas. Las plazas, en total 20, son todas concertadas por el Gobierno de Cantabria.

Historias del día a día

Ana Canales comenzó a trabajar en la cooperativa hace ocho años. Ella acude diariamente a casa de cinco o seis personas que viven repartidas por todos los municipios de Soba, la zona más complicada por lo difícil de la accesibilidad, sobretodo en las temporadas más frías. “En invierno, cuando nieva mucho, el panadero es el referente: si él no llega a un pueblo, no sube nadie”, cuenta Ana entre risas, que asegura que la dispersión y las carreteras de acceso a los hogares a los que acude hacen que conduzca más de 50 kilómetros diarios.

Pero la dureza de los caminos se compensa con las relaciones afectivas que acaba estableciendo con algunos de los mayores a los que atiende. “En su mayoría son personas que han vivido solas mucho tiempo, para los que actualmente yo soy la única fuente de información del exterior, y eso se nota”. Explica que muchas veces se coge tanto cariño a las personas que uno se involucra más de la cuenta: “Hay familias que no se preocupan mucho por sus mayores, me les han dejado a las puertas de una casa nueva, por ejemplo, y yo he tenido que ayudarles a hacer toda la mudanza”.

También está la otra cara de estas relaciones. Y es que es una realidad que en muchos casos atienden a personas en los últimos años de sus vidas. Tienen que verlos enfermar, y en algunos casos morir. “El sábado pasado fui al último entierro. Era un señor con el que me lo pasaba muy bien, le tenía cariño”, cuenta Ana. “Pero también he subido a casa de gente a jugar a las cartas o a tomar un café un sábado”.

María José Colsa acude a casa de Ignacio, de 81 años, de lunes a viernes durante unos 50 minutos cada día. Cuando entra, se saludan y comienzan a hablar como si fueran de la familia. Ignacio le cuenta que el día anterior estuvo con sus hijos en la feria de ganado del pueblo de Gándara y comieron en un conocido restaurante de la zona.

Su mujer falleció hace unos meses y ahora vive solo. Va a la huerta que tiene en la parte de atrás de su casa casi todos los días y corre dieciocho minutos diarios en su bici estática por recomendación médica, para sus problemas de corazón.  Maria José le hace la cama todos los días, uno a la semana se la cambia, y en función del día también limpia la casa, plancha o pone la lavadora. Pero lo más importante que hace es pasar tiempo con Ignacio, hablar de sus familias, de lo que ha recogido en la huerta, o de lo que van a comer.

“Mi mayor satisfacción es salir de trabajar e irme a casa contenta y muy tranquila por saber que me voy habiéndoles sacado una sonrisa”, dice María José. “Ahora compagino mi trabajo con los estudios de auxiliar de enfermería, y las asignaturas que más disfruto son aquellas relacionadas con la Psicología: este trabajo se basa en ella”. Atiende desde hace una década en la zona de Ramales a otras cinco personas aparte de Ignacio, y asegura que nunca ha tenido un problema con nadie, que a muchos les quiere como si fueran su propia familia, y que la actitud que tiene que tener en sus horas de trabajo le ha ayudado a sobreponerse de situaciones difíciles en su vida.

Además de lo complicado de establecer la confianza inicial, ese momento de entrar por primera vez a casa de alguien, tanto Ana como María José coinciden en que una de las mayores trabas en su trabajo son las relaciones con los familiares de las personas que atienden. Y en lo referente a su implicación personal, su opinión es unánime: “Este trabajo te aporta muchísimas cosas buenas en lo personal. Pero también es cierto que no se pueden trasladar los problemas propios a los hogares de la gente, siempre tenemos que estar con una sonrisa y tener una buena palabra. Es complicado, pero muchas veces le ayuda a uno mismo a sobrellevar ciertas penas o conflictos personales”.

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