jueves. 11.08.2022

Las leyendas han ido de la mano del ser humano desde que el mundo es mundo. Desde civilizaciones hundidas en el fondo de los mares como castigo de los dioses como La Atlántida, hasta plebeyos convertidos en reyes por obra y gracia de la voluntad de una espada clavada en una roca como el Rey Arturo, pasando por criaturas monstruosas que habitan en las montañas del Himalaya como el Yeti, o mujeres que atemorizan a la población latinoamericana con sus llantos inconsolables por el asesinato de sus hijos como La Llorona.

España no se ha quedado atrás en este aspecto, dando a estas narraciones folclóricas un espacio privilegiado ya no solamente en el imaginario popular, sino en los numerosos escritos elaborados por algunos de los mejores autores de la hispanidad como Gustavo Adolfo Bécquer. Cantabria tampoco ha sido la excepción. Producto del mestizaje con historias de los pueblos que la ocuparon, como los celtas y los romanos, las leyendas cántabras ocupan un lugar destacable dentro del folclore del norte del país, siendo una de las regiones españolas con más narraciones de este tipo.

Hombre Pez de Liérganes
Hombre Pez de Liérganes

Probablemente la más conocida de todas sea la leyenda del hombre pez de Liérganes. Según se cuenta, a mediados del siglo XVII un lugareño, llamado Francisco de la Vega César, estaba en el río Miera con sus amigos cuando desapareció, dándole estos por ahogado a pesar de que era un gran nadador. Años más tarde, en la bahía de Cádiz, unos pescadores capturaron con sus redes a un extraño ser acuático. De aspecto humano pero con escamas, descubrieron que era el cántabro desaparecido cuando uno de ellos identificó el municipio que el ser no paraba de balbucear: Liérganes. De vuelta a su tierra, vivió durante cerca de una década en la zona, pero desapareció de nuevo en el mar y nunca más se supo de él.  La localidad trasmerana le homenajeó con una estatua en su honor y un Centro de Interpretación de su historia.

La Sirenuca de Castro Urdiales
La Sirenuca de Castro Urdiales

Siguiendo en la zona oriental de Cantabria, existe otra leyenda de seres medio humanos medio acuáticos. Se trata de la leyenda de la Sirenuca de Castro Urdiales, una joven mariscadora del lugar con una incomparable belleza que tenía a su pobre madre en vilo cada vez que marchaba a realizar tan peligrosa labor. Ante esta situación, la madre indignada la regañó diciendo: “Así permita el Dios del cielo que te vuelvas pez”. Así, la siguiente vez que la joven fue a marisquear por su cuenta en los acantilados se le cayó el espejo de nácar que siempre llevaba consigo y, al intentar recuperarlo, cayó al agua y se convirtió en sirena. Desde entonces se dedicó a alertar a los marineros de la presencia de rocas con su canto para que no naufragaran. Tiempo después, un pescador la atrapó en sus redes por accidente y, prendado por su belleza, la besó, rompiendo así la maldición y convirtiendo a la Sirenuca en humana de nuevo. Sin embargo, la joven era infeliz, pues añoraba el mar dónde se sentía libre. Así, un día volvió a los acantilados y divisó de nuevo entre las aguas el espejo de nácar que antaño había perdido. Queriendo recuperarlo se precipitó al vacío, convirtiéndose de nuevo en Sirenuca, esta vez para siempre. Se cuenta que su esposo, apenado, se suicidó arrojándose desde los acantilados.

Isla de la Horadada, Santander
Isla de la Horadada

La capital regional también cuenta con una de las leyendas más conocidas de Cantabria. Se trata del arco de la isla de la Horadada, en la bahía santanderina frente a la playa de los Bikinis. Se cuenta que Emeterio y Celedonio, dos hermanos que servían en la Legión romana, fueron obligados a renunciar a su fe –la cristiana– en Calahorra (La Rioja). Ante su negativa fueron degollados y sus cabezas fueron arrojadas al Ebro y, tras un largo viaje a bordo de un barco de piedra por el Mediterráneo y el Atlántico, arribaron en Santander, concretamente en la Horadada. Al llegar, las cabezas impactaron con el islote dando lugar al arco que conocemos a día de hoy. Sus restos fueron guardados en un monasterio fundado tras este suceso, origen de la Abadía de los Cuerpos Santos, actual Catedral de la ciudad, donde desde entonces reposan y se les honra como Patronos del lugar.

Pero las leyendas no se limitan única y exclusivamente a la costa cántabra. En los valles lebaniegos también cuentan con historias que han formado parte del imaginario popular durante generaciones. Se trata de la osa de la Sierra de Ándara, una historia que tuvo lugar en el pueblo de Bejes –archiconocido por sus quesos Denominación de Origen Protegida desde 1994–, a los pies de los Picos de Europa, donde hace aproximadamente dos siglos habitó una mujer en las cuevas de La Hermida. Según cuenta la leyenda, la mujer era de costumbres salvajes, aunque era perfectamente capaz de criar y cuidar un rebaño de ovejas o una manada de rebecos, animales a los que domaba desde su infancia. Su cuerpo estaba cubierto de pelo, sus cabellos eran largos y oscuros, y se cubría con un jubón. Esta mujer-osa se retira a las cuevas situadas en la entrada del desfiladero de la Hermida con la llegada de las primeras nieves y vuelve a aparecer al llegar el buen tiempo. Su historia es una anomalía dentro del conjunto de leyendas y personajes míticos de Cantabria, pues es una de las pocas que siempre rehuyó a los humanos, aunque hay lugareños que llevan siglos asegurando verla domar a los rebecos de las inmediaciones del municipio.

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