viernes 21/1/22

Me confieso admirador del recientemente desaparecido Antonio Escohotado. Lo he seguido en redes sociales (Twitter, YouTube) desde hace ya algunos años, cuando más que entrevistas filosóficas y conversaciones distendidas lo suyo eran conferencias magistrales y apariciones en ya extintos programas como La Clave, Negro sobre Blanco o El loco de la colina para destruir los tan manidos mitos acerca del uso y abuso de las sustancias psicotrópicas.

De la misma manera, me confieso también lego en la materia a la que dedicó la mayor parte de su vida, la filosofía. Tan sólo he sido capaz de tener entre mis manos esa modesta autobiografía sobre sus años en Ibiza, que recuerdo haber leído con ganas pero no con tanto gusto; “el tono cómplice” que Escohotado advierte en sus primeras páginas, alejado del estilo académico de sus “Enemigos del comercio (I, II y III)”, desaparece tan pronto como uno bordea la introducción al librito para entrar en realidad y su(b)stancia. La prosa de Escohotado puede ser muy limpia, pero no menos pesada y austera; sus años de traductor bien seguro contribuyeron a hacer más complejo todavía un lenguaje por lo demás ya demasiado complejo. No descarto, desde luego, mi incapacidad intelectual -o incompetencia intelectual, según se mire- para entender a Antonio en cualesquiera de los medios de comunicación escrita o audiovisual que han regado internet con su pensamiento. Por poner un ejemplo, circula por YouTube el vídeo de unas de sus apariciones en La Clave donde Antonio nos regala un episodio ibicenco sobre sus aventuras bajo los efectos de las drogas, el cual tiene como protagonista al anillo heredado de su madre que supongo llevaría puesto hasta el final de sus días. Confieso haber visto ese fragmento más de una decena de veces, y sigo sin llegar todavía a una conclusión clara sobre el supuesto.

Antonio Escohotado, fumador empedernido de varias cajetillas de tabaco al día, me regaló también la manía de no fumar en ayunas, así como de incorporar una boquilla de plástico en el filtro para el alquitrán. Tras varias chupadas, el artilugio rebosa tal cantidad infame de muerte que me estoy pensando seriamente el dejarlo. Quizá compre, con el ahorro, el primer tomo de Los enemigos del comercio. O tal vez siga haciéndolo, sólo por el hecho de contentar a Antonio.

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